razonamiento circular – circular reasoning
- Razonamiento Circular
- 1. Definición Conceptual Central
- 2. La Falacia de Petición de Principio (Petitio Principii)
- 3. Estructura Lógica y Tipos
- 4. Contexto Histórico y Orígenes
- 5. Distinción entre Círculos Viciosos y Círculos Virtuosos
- 6. Manifestaciones en Diversos Campos
- 7. Implicaciones Epistemológicas y Críticas
- Further Reading
Razonamiento Circular
Primary Disciplinary Field(s): Lógica, Filosofía, Retórica, Epistemología
1. Definición Conceptual Central
El razonamiento circular, denominado formalmente en la tradición filosófica como petitio principii o petición de principio, es una falacia informal que socava la capacidad probatoria de un argumento al incluir la conclusión que se pretende demostrar, ya sea de forma explícita o implícita, dentro de la estructura de sus propias premisas. Aunque el argumento resultante puede satisfacer los criterios de validez formal, en el sentido de que si las premisas fueran aceptadas como verdaderas, la conclusión se seguiría necesariamente, su valor probatorio es nulo. Esto se debe a que la aceptación de las premisas requiere inherentemente la aceptación previa de la conclusión, lo cual viola el principio fundamental de la argumentación racional: que las premisas deben ser conocidas o justificadas independientemente de la conclusión que buscan establecer. La circularidad convierte el argumento en una mera reiteración o reexpresión de la misma idea, disfrazada bajo la apariencia de una inferencia lógica, lo que impide cualquier avance epistémico real o la justificación de la proposición en disputa.
La esencia de esta falacia radica en su incapacidad para proporcionar una razón externa o fundamental que respalde la afirmación. En lugar de ofrecer evidencia novedosa, el razonamiento circular simplemente utiliza la conclusión como su propia justificación, creando un bucle auto-referencial que no convencerá a nadie que ya dude de la conclusión inicial. Esta maniobra retórica es particularmente efectiva en debates prolongados o cuando la proposición se reformula mediante sinónimos o paráfrasis sofisticadas, dificultando la identificación inmediata de que la premisa y la conclusión son lógicamente equivalentes o que la verdad de la premisa presupone la verdad de la conclusión. Por ejemplo, en política, se podría argumentar que un impuesto es necesario porque el gobierno necesita los fondos que proporciona el impuesto, donde la necesidad del impuesto es la conclusión y la necesidad de los fondos (que solo existen si el impuesto es aceptado) es la premisa. La falacia reside, por lo tanto, no en si las afirmaciones son ciertas o falsas, sino en la deficiencia dialéctica de la estructura argumentativa utilizada para establecer su verdad, ya que no se proporciona ninguna base independiente para la aceptación de la premisa clave.
Es vital diferenciar el razonamiento circular de las inferencias deductivas válidas. En una deducción legítima, las premisas, aunque contienen la información necesaria para la conclusión, no la presuponen de manera idéntica o equivalente, sino que permiten derivar una verdad nueva o no obvia a partir de la combinación de verdades aceptadas. En contraste, la petitio principii opera como un mero disfraz lingüístico: la conclusión es simplemente una de las premisas disfrazada o una asunción necesaria para que la premisa sea creíble. El desafío para el analista lógico es desentrañar esta equivalencia oculta. Un argumento circular muy obvio (A es verdad porque A es verdad) rara vez se utiliza; la forma más peligrosa y frecuente involucra cadenas de argumentos más largas, donde A justifica B, B justifica C, y finalmente C es usado para justificar A, completando el círculo vicioso. Este fenómeno se conoce como razonamiento circular ampliado o en cadena y representa un obstáculo significativo para la claridad y la honestidad intelectual en cualquier campo de estudio, requiriendo un escrutinio detallado de la arquitectura de la justificación.
2. La Falacia de Petición de Principio (Petitio Principii)
El término latino petitio principii, que se traduce literalmente como “petición del principio” o “asumir el punto de partida”, cristaliza la esencia de esta falacia. Históricamente, se remonta a la lógica aristotélica, donde fue identificada como un error fundamental en la búsqueda del conocimiento demostrativo. Aristóteles, en sus Analíticos Primeros y Tópicos, describió esta falacia como el error de utilizar en la demostración aquello mismo que se necesita demostrar. Para Aristóteles, la demostración debe proceder de premisas más conocidas o fundamentales hacia conclusiones menos conocidas, y la petición de principio invierte o anula este proceso al hacer que la conclusión sea tan conocida o tan disputada como la premisa. La comprensión de la petitio principii es esencialmente dialéctica, ya que se centra en el fracaso del argumento para persuadir a un oponente racional que no ha aceptado previamente la conclusión. Si el propósito de la argumentación es mover al oyente de premisas conocidas a una conclusión no conocida, la circularidad frustra este movimiento al exigir que el oyente ya conozca o acepte la conclusión para aceptar el punto de partida.
La dificultad en la detección de la petitio principii aumenta cuando el argumento se construye sobre supuestos epistemológicos o metafísicos profundamente arraigados dentro de una determinada escuela de pensamiento o tradición cultural. En estos contextos, las premisas pueden parecer evidentes o autoevidentes para los iniciados, mientras que en realidad están construidas sobre la misma conclusión que intentan validar. Por ejemplo, si una teoría económica postula la racionalidad perfecta del mercado (la premisa) para explicar por qué el mercado siempre alcanza el equilibrio óptimo (la conclusión), y utiliza la observación del equilibrio óptimo para justificar la racionalidad perfecta de los agentes, se ha incurrido en una circularidad que solo es visible al cuestionar el marco teórico subyacente. Esta circularidad es particularmente problemática en las ciencias sociales, donde la definición de los términos y la justificación de los modelos teóricos a menudo se entrelazan de manera inextricable, requiriendo una constante vigilancia para asegurar que las hipótesis se prueben con datos independientes y no se definan simplemente por sus resultados esperados. La petición de principio es, por lo tanto, un síntoma de una justificación insuficiente o de la falta de fundamentos empíricos o axiomáticos independientes.
A diferencia de otras falacias, como la negación del antecedente o la afirmación del consecuente, que son errores formales en la estructura sintáctica del argumento, la petitio principii es una falacia material o informal, ya que su error reside en el contenido y la relación de justificación entre las proposiciones. Su validez formal es a menudo impecable, lo que la hace aún más engañosa. Consideremos el argumento: “El líder es infalible porque todo lo que dice es verdad, y sabemos que es verdad porque el líder es infalible”. Estructuralmente, si P (El líder es infalible) implica Q (Todo lo que dice es verdad) y Q implica P, tenemos una interdependencia que, aunque lógicamente coherente, no ofrece ninguna base para la verdad inicial de P, especialmente para aquellos que no aceptan P de antemano. La función principal de identificar esta falacia es obligar al proponente a retroceder a premisas más básicas y no disputadas que puedan servir como verdaderos cimientos para la conclusión, rompiendo así el ciclo auto-justificatorio. La filosofía de la ciencia, en particular, debe estar vigilante contra esta falacia, ya que puede disfrazarse como explicación teórica cuando en realidad es una simple definición circular de los términos clave.
3. Estructura Lógica y Tipos
La estructura lógica fundamental del razonamiento circular puede simplificarse a la forma: Premisa P implica Conclusión C, donde P es lógicamente equivalente a C, o donde la verdad de P depende de la verdad de C. Esta equivalencia o dependencia puede manifestarse de varias maneras, dando lugar a diferentes subtipos de circularidad. El tipo más simple es el razonamiento directo, donde la conclusión se utiliza inmediatamente como la única premisa (Ejemplo: “El libro es excelente porque tiene una calidad sobresaliente”). Sin embargo, las formas más complejas y comunes implican cadenas de inferencia más largas que ocultan la identidad entre el punto de partida y el punto de llegada. La identificación precisa de la circularidad requiere mapear las dependencias justificativas y verificar si el flujo de justificación regresa al punto de inicio sin haber introducido ninguna nueva información o evidencia que sea independiente de la conclusión.
Existen principalmente dos tipos de razonamiento circular que merecen atención detallada. El primero es la circularidad simple, donde la premisa y la conclusión son casi idénticas, a menudo diferenciadas solo por una reformulación lingüística o el uso de sinónimos. Este tipo es relativamente fácil de detectar una vez que se eliminan las florituras retóricas y se reduce el argumento a sus proposiciones esenciales. El segundo, y mucho más complejo, es el razonamiento circular ampliado o circulus in probando (círculo en la prueba), que involucra una serie de proposiciones interconectadas (A justifica B, B justifica C, y C justifica A). Este círculo vicioso puede abarcar sistemas enteros de creencias o teorías científicas, haciendo que la identificación sea una tarea ardua que requiere un análisis sistémico de las dependencias lógicas y una comprensión profunda de los axiomas subyacentes. Por ejemplo, en algunos debates sobre la objetividad, se podría argumentar que la verdad es objetiva (A) porque la razón humana es universal (B), y la razón humana es universal (B) porque la verdad debe ser accesible a todos (A), cerrando el ciclo sin haber establecido una base firme e independiente para A o B.
La estructura de la circularidad también puede manifestarse en la definición de términos, llevando a lo que se conoce como definición circular. Una definición circular ocurre cuando un término se define utilizando una palabra o concepto que, a su vez, solo puede entenderse haciendo referencia al término que se está definiendo. Aunque las definiciones circulares no son falacias argumentativas en el sentido estricto de la petitio principii, sí representan un fracaso conceptual que impide la comprensión o el establecimiento de un significado claro y no ambiguo, obstaculizando el discurso preciso. Es crucial para el análisis lógico y semántico distinguir estas estructuras y sus implicaciones negativas en la comunicación y la construcción del conocimiento:
- Circularidad Simple: Premisa P es reexpresión de Conclusión C, a menudo usando sinónimos.
- Circularidad Ampliada (Circulus in Probandu): Cadena de inferencias A → B → C → A, donde la justificación final se basa en el punto de partida inicial.
- Definición Circular: Definición de X requiere conocimiento de Y, y definición de Y requiere conocimiento de X, impidiendo la delimitación clara del significado.
4. Contexto Histórico y Orígenes
El reconocimiento formal del razonamiento circular como un error lógico se establece firmemente con la obra de Aristóteles (siglo IV a.C.). Como ya se mencionó, en sus tratados sobre lógica y dialéctica, Aristóteles identificó la petitio principii como una de las falacias fundamentales que impiden la demostración genuina. Para los pensadores griegos, el objetivo de la filosofía y la ciencia era alcanzar el conocimiento apodíctico (necesariamente verdadero), y esto requería que las premisas fueran primarias, verdaderas, inmediatas y más conocidas que la conclusión. La circularidad violaba directamente este requisito al hacer que la conclusión fuera co-dependiente o incluso idéntica a las premisas. La preocupación aristotélica no era solo por la validez formal, sino por la utilidad epistémica del argumento, marcando la pauta para la lógica occidental durante siglos y estableciendo el principio de que la justificación debe ser un proceso que avance desde lo conocido hacia lo desconocido.
Durante la Edad Media, los lógicos escolásticos continuaron el estudio de la petitio principii, integrándola en el currículo estándar de las falacias. Sin embargo, el debate sobre la circularidad adquirió una nueva dimensión crítica durante el período moderno, especialmente con el auge del escepticismo radical. Filósofos como Michel de Montaigne y, más tarde, David Hume, utilizaron la amenaza de la circularidad para socavar la posibilidad de la justificación última del conocimiento empírico. El famoso problema de la inducción, tal como lo articuló Hume, se presenta a menudo como un caso de circularidad: justificamos la creencia en que la naturaleza seguirá siendo uniforme (la premisa) basándonos en experiencias pasadas donde la naturaleza ha sido uniforme (la conclusión). Este caso, si bien no es una petición de principio simple, ilustra cómo la circularidad puede surgir cuando se intenta justificar los principios fundamentales de la razón o la experiencia misma, sugiriendo que la justificación final de cualquier sistema de conocimiento es inherentemente problemática.
En el siglo XX, el razonamiento circular fue examinado bajo la luz de la filosofía de la ciencia y la epistemología contemporánea. El debate sobre el fundacionalismo y el coherentismo es especialmente relevante. Mientras que el fundacionalismo busca evitar la circularidad anclando el conocimiento en creencias básicas e inquebrantables, el coherentismo acepta que la justificación puede ser holística, donde las creencias se apoyan mutuamente. Aunque los coherentistas no promueven la circularidad viciosa, argumentan que la justificación no tiene por qué ser estrictamente lineal, sino que puede ser circular, siempre y cuando el círculo sea lo suficientemente grande, complejo y robusto internamente para generar una alta probabilidad de verdad, y que el conjunto de creencias sea coherente y esté anclado, en algún punto, a la experiencia. Este debate subraya que la circularidad no siempre es una simple falacia, sino a veces un problema estructural profundo en la teoría del conocimiento, especialmente cuando se intenta justificar sistemas completos de creencias, como las matemáticas o la lógica misma, desafiando la noción tradicional de justificación lineal.
5. Distinción entre Círculos Viciosos y Círculos Virtuosos
Una distinción crucial en el análisis del razonamiento circular es aquella entre el círculo vicioso (la falacia) y el círculo virtuoso (una interdependencia productiva). El círculo vicioso es la petitio principii: un argumento donde la conclusión no está justificada porque ya ha sido asumida en las premisas, lo que resulta en un estancamiento epistémico. Este tipo de circularidad es siempre un error lógico que impide la adquisición de nuevo conocimiento o la persuasión racional de un oyente escéptico. Su vicio reside en la falta de independencia justificativa, haciendo que el argumento sea vacío o tautológico en su función probatoria. Identificar y evitar los círculos viciosos es un objetivo principal de la lógica crítica y la metodología científica, asegurando que las hipótesis se prueben con evidencia que no dependa intrínsecamente de la veracidad de la hipótesis misma, manteniendo la integridad del proceso de verificación.
Por otro lado, el concepto de círculo virtuoso (o círculo hermenéutico en la interpretación textual) se refiere a sistemas donde la interdependencia entre elementos conduce a un fortalecimiento mutuo, una mayor comprensión o una funcionalidad mejorada. En la epistemología, un círculo virtuoso podría ocurrir en un sistema coherente de creencias donde la aceptación de A refuerza la creencia en B, y la aceptación de B refuerza A, pero solo si el conjunto de creencias en su totalidad es altamente predictivo, explicativo o está anclado en alguna evidencia externa inicial. El círculo virtuoso no es una falacia de prueba, sino una descripción de cómo los sistemas complejos (biológicos, económicos o conceptuales) se auto-refuerzan de manera positiva. Por ejemplo, en la economía, una mayor inversión (A) conduce a una mayor producción (B), lo que permite una mayor inversión (A), generando crecimiento sostenido. Aquí, la circularidad es dinámica y productiva, no estática y justificativa, lo que la diferencia fundamentalmente de la falacia lógica.
La diferencia fundamental radica en el propósito y el resultado. El círculo vicioso es un fracaso en la justificación (no prueba nada), mientras que el círculo virtuoso es un éxito en la explicación sistémica o la funcionalidad (genera resultados o comprensión). Además, en el ámbito de la interpretación textual (hermenéutica), se argumenta que para comprender una parte (el texto individual) es necesario comprender el todo (el contexto cultural y la obra completa del autor), y para comprender el todo, debemos interpretar las partes. Este círculo hermenéutico es considerado virtuoso porque el movimiento iterativo entre el todo y la parte no es una prueba de la verdad, sino un método necesario para alcanzar una comprensión más profunda y matizada, donde cada iteración añade valor interpretativo. Por lo tanto, la circularidad solo es falaz cuando se emplea para demostrar una verdad que ya se ha asumido como punto de partida, en lugar de servir como un proceso iterativo de refinamiento o crecimiento.
6. Manifestaciones en Diversos Campos
El razonamiento circular se manifiesta transversalmente en diversas disciplinas académicas y profesionales, a menudo obstaculizando el progreso al consolidar supuestos no probados. En el campo de la ciencia, la circularidad puede aparecer en la metodología o en la definición de conceptos. Un ejemplo es la definición operacional de ciertos términos en psicología o sociología, donde la existencia de un fenómeno (ej. inteligencia) se define por la herramienta que lo mide (ej. test de inteligencia), y la validez de la herramienta se justifica por el fenómeno que supuestamente mide. Si el único criterio para la inteligencia es el resultado del test, y el único criterio para la validez del test es que mide la inteligencia, se establece una circularidad que impide una validación externa y robusta del constructo teórico, limitando la capacidad de la disciplina para avanzar más allá de sus propias definiciones.
En la filosofía y la teología, la petitio principii es endémica en los debates sobre la existencia de Dios o la moralidad fundamental. Los argumentos ontológicos a menudo rozan la circularidad al intentar demostrar la existencia de Dios a partir de la definición de Dios como un ser que necesariamente existe, asumiendo la existencia en la premisa definitoria. De manera similar, en la ética, justificar un sistema moral afirmando que es “natural” y luego definir “natural” como aquello que se alinea con ese sistema moral crea un círculo cerrado que evita la justificación ética independiente y proporciona una defensa impenetrable contra la crítica. En estos campos, la circularidad sirve a menudo como un mecanismo de defensa para proteger axiomas o dogmas de la crítica externa, al exigir que el crítico acepte el dogma fundamental para poder iniciar el debate sobre su validez, lo que paraliza la discusión racional.
Finalmente, en la jurisprudencia y el derecho, aunque menos común en la argumentación formal, la circularidad puede infiltrarse en la interpretación de estatutos o precedentes. Por ejemplo, un tribunal podría justificar una decisión (Conclusión) basándose en la intención original del legislador (Premisa), pero luego definir la intención del legislador basándose en la decisión que se está justificando. En el ámbito de la informática y la inteligencia artificial, las definiciones circulares son un problema serio en el diseño de ontologías y bases de conocimiento, donde la definición de un concepto depende de otro que, directa o indirectamente, depende del primero. La identificación y resolución de estas dependencias circulares es esencial para garantizar la solidez y la coherencia de los sistemas lógicos y deductivos automatizados, cuya fiabilidad depende de que sus fundamentos axiomáticos sean independientes y no tautológicos:
- Ciencia: Definición circular de constructos teóricos (ej. inteligencia, aptitud) donde la medición y el concepto se definen mutuamente.
- Teología: Justificación de la autoridad de un texto sagrado por el texto mismo, sin recurso a evidencia externa.
- Economía: Justificación de modelos teóricos complejos que asumen los resultados que intentan probar, especialmente en modelos de equilibrio.
- Derecho: Interpretación de la intención legal basada en la propia aplicación de la ley o precedente que se está justificando.
7. Implicaciones Epistemológicas y Críticas
La crítica principal al razonamiento circular es su fracaso epistémico. Si el conocimiento se define como creencia verdadera justificada, el razonamiento circular proporciona una justificación deficiente o nula, ya que la “justificación” es meramente la reiteración de la creencia. Esto tiene profundas implicaciones para la epistemología, ya que pone en tela de juicio la naturaleza de la prueba y la justificación. Un sistema de creencias que se justifica a sí mismo internamente, sin anclajes externos, corre el riesgo de ser meramente coherente pero carente de conexión con la realidad. La crítica filosófica exige que la justificación de una proposición sea asimétrica: las premisas deben ser epistémicamente anteriores o más fundamentales que la conclusión. Cuando esta asimetría se rompe, el argumento pierde su fuerza probatoria y se convierte en una simple declaración de creencia que no ha sido verificada ni demostrada.
No obstante, algunos filósofos han argumentado que la circularidad es inevitable en ciertos contextos, especialmente cuando se intenta justificar los principios más fundamentales. Por ejemplo, para justificar los principios básicos de la lógica (como el modus ponens o la ley de no contradicción), cualquier intento de prueba parecería necesariamente recurrir a esos mismos principios. Este dilema, conocido como el trilema de Agripa o la “trampa de Munchausen” en la teoría de la justificación, sugiere que toda justificación debe terminar en un regreso infinito, un dogma injustificado, o una circularidad. Si la justificación debe ser un proceso finito, la circularidad estructural puede ser vista no como una falacia evitable, sino como una característica inherente a la justificación de los sistemas más fundamentales. Sin embargo, incluso en estos casos, se mantiene la distinción entre una circularidad viciosa que intenta probar una verdad disputada (donde la evidencia externa es posible) y la circularidad estructural que surge al intentar justificar los principios de la razón misma (donde la evidencia externa es lógicamente imposible).
En resumen, la crítica al razonamiento circular se basa en que viola la función esencial del argumento: la progresión del conocimiento y la persuasión racional. Si bien un argumento circular puede ser formalmente válido, no es persuasivo ni demostrativo en el sentido epistémico porque no ofrece ninguna razón real para creer en la conclusión que no sea la aceptación previa de la misma. La detección rigurosa de esta falacia requiere un análisis crítico que vaya más allá de la forma superficial del lenguaje para identificar las dependencias lógicas subyacentes. El objetivo final es forzar al proponente a ofrecer evidencia o premisas que sean genuinamente independientes de la conclusión, asegurando así que la argumentación sirva como una herramienta para la verificación y el descubrimiento, y no simplemente como un medio para reafirmar los propios prejuicios o supuestos iniciales. La petitio principii sigue siendo una de las falacias más importantes y sutiles que deben dominar los pensadores críticos y los analistas lógicos.