Biografía
Pocos pensadores en la historia del pensamiento occidental han encarnado una coherencia tan radical entre su sistema filosófico y su trayectoria vital como Baruch Spinoza (1632-1677). Nacido en el vibrante seno de la comunidad sefardí de Ámsterdam, en una república neerlandesa que experimentaba una inédita efervescencia comercial e intelectual, Spinoza protagonizó una de las revoluciones conceptuales más profundas y audaces de la Modernidad. Su filosofía no se limitó a enmendar el edificio escolástico ni a pulir las aporías del dualismo cartesiano; antes bien, demolió desde sus cimientos la concepción trascendente y personalista de la divinidad, sustituyéndola por una ontología inmanente donde Dios y la Naturaleza se identifican en una única sustancia infinita y necesaria: Deus sive Natura.
Esta ruptura metafísica conllevó consecuencias de vasto alcance para la antropología, la ética y la política. Al proclamar que el ser humano no constituye «un imperio dentro de otro imperio», Spinoza insertó de forma inexorable la mente y el cuerpo dentro de las leyes universales del cosmos, desarticulando las nociones tradicionales del libre albedrío, el pecado y la culpa moral. Paralelamente, su magno proyecto epistemológico, expuesto con el rigor formal del método geométrico en su Ética, concibió la emancipación humana no a través de la represión ascética de los impulsos, sino mediante la comprensión racional adecuada de los afectos y el despliegue del conatus, la fuerza primordial con la que cada ser pugna por perseverar en su existencia.
Lejos de recluirse en una especulación abstracta, el compromiso de Spinoza con la libertad de pensamiento (libertas philosophandi) lo llevó a sentar las bases de la crítica bíblica histórico-filológica y a formular una defensa pionera de la democracia como el régimen político más acorde con la naturaleza humana. Excomulgado por su propia comunidad mediante el anatema más severo de su tiempo y perseguido por los sectores teológicos dominantes de Europa, eligió una vida austera dedicada al pulido de lentes ópticas y a la investigación rigurosa. El presente ensayo examina de manera exhaustiva el contexto histórico, la biografía, la metafísica, la psicología de los afectos, la teoría política y la perdurable posteridad de una obra que continúa interpelando con frescura inagotable los dilemas capitales de la existencia humana.
1. Contexto histórico y cultural de las Provincias Unidas en el siglo XVII
1.1 El Siglo de Oro neerlandés y el florecimiento comercial de Ámsterdam
La consolidación de la República de las Provincias Unidas a lo largo del siglo XVII representa uno de los fenómenos socioeconómicos más extraordinarios de la Europa moderna. Tras la firma de la Tregua de los Doce Años en 1609 y la posterior ratificación de la independencia en la Paz de Westfalia de 1648, los Países Bajos se desprendieron definitivamente de la soberanía de la Monarquía Hispánica. Este proceso de emancipación política catalizó una acelerada metamorfosis económica que convirtió a la provincia de Holanda, y singularmente a su capital financiera, Ámsterdam, en el centro neurálgico del comercio marítimo y financiero mundial, dando inicio al denominado Siglo de Oro neerlandés.
El motor de este dinamismo fue la creación de entidades corporativas de escala transcontinental, entre las que destacó la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (Vereenigde Oostindische Compagnie, VOC), fundada en 1602. La VOC no solo monopolizó las rutas comerciales de especias, seda y porcelana hacia Asia, sino que impulsó el desarrollo de innovaciones financieras cardinales: la emisión de acciones transferibles, la formación de la Bolsa de Ámsterdam (Beurs van Berlage) y la fundación del Banco de Cambio (Amsterdamsche Wisselbank) en 1609. Este entramado capitalista permitió la concentración de un volumen sin precedentes de capital líquido, infraestructura naviera y almacenamiento mercantil, atrayendo a comerciantes, artesanos y navegantes de todas las latitudes del orbe conocido.
Paralelamente a esta hegemonía mercantil, las Provincias Unidas implementaron un modelo civil caracterizado por una tolerancia religiosa relativa, pragmática y sumamente singular para los estándares de la época postridentina. Aunque la Iglesia Reformada Neerlandesa (el calvinismo) ostentaba la condición de confesión pública privilegiada, el Estado no impuso una inquisición doctrinal uniforme que escrutara la conciencia privada de los ciudadanos. Comunidades de católicos, luteranos, menonitas, cuáqueros y judíos encontraron en las ciudades holandesas un espacio de coexistencia donde, bajo ciertas restricciones de visibilidad pública, podían articular sus prácticas cultuales y comerciales. Este clima cosmopolita y heterodoxo propició una circulación sin censura estricta de tratados científicos, manifiestos teológicos y obras filosóficas.
El impacto de este entorno en el joven Baruch Spinoza resultó decisivo. Al residir en el bullicioso distrito de Vlooienburg, en el corazón de Ámsterdam, el futuro filósofo estuvo inmerso desde su infancia en un ecosistema urbano donde el flujo constante de mercancías iba acompañado del intercambio incesante de ideas. La visión de una sociedad fundada en la cooperación económica interconfesional modeló su sensibilidad temprana respecto a la convivencia civil, demostrándole que la estabilidad y la prosperidad de una comunidad política no requerían de una homogeneidad dogmática forzada, sino de un marco jurídico que salvaguardara la libertad de acción y el beneficio mutuo de los individuos.
1.2 La comunidad judeo-portuguesa de Ámsterdam: Orígenes y tensiones identitarias
La comunidad judía sefardí de Ámsterdam, a la que perteneció la familia Spinoza, poseía una historia marcada por el trauma de la persecución y la dislocación geográfica. Hacia fines del siglo XVI y comienzos del XVII, decenas de familias de cristianos nuevos o marranos huyeron de Portugal y España para escapar de los rigores de la Santa Inquisición. Habiendo vivido durante generaciones bajo un catolicismo impuesto, en el cual preservaron clandestinamente fragmentos dispersos de las costumbres ancestrales de sus mayores, estos criptojudíos llegaron a los Países Bajos con la esperanza de redescubrir y profesar libremente la religión de sus antepasados.
Una vez asentados en la metrópoli del Amstel, los dirigentes comunitarios se abocaron a una titánica tarea de reconstrucción institucional y teológica. Mediante la fusión, en 1639, de tres congregaciones previas en la única comunidad unificada de Talmud Torá, los notables sefardíes erigieron una infraestructura que comprendía tribunales rabínicos, academias escolares, fondos de beneficencia y una sinagoga monumental. No obstante, este retorno al judaísmo rabínico normativo distó de ser un proceso armónico. Muchos de los recién llegados, educados en las universidades ibéricas bajo premisas humanistas, escolásticas o escépticas, experimentaron una aguda fractura psicológica al confrontar la rigidez del Talmud con las convicciones forjadas durante su prolongado aislamiento clandestino.
El temor constante a que las disidencias doctrinales internas irritaran a las autoridades magistrales calvinistas exacerbó las pulsiones disciplinarias dentro de la congregación. La élite comunitaria, representada por el consejo de regentes legos o parnasim, asumió una política de vigilancia estricta para evitar cualquier sospecha de herejía, ateísmo o desacato moral que pudiera comprometer los privilegios de residencia concedidos por los burgomaestres de la ciudad. Episodios como la condena y el trágico suicidio de Uriel da Costa en 1640, tras haber cuestionado la inmortalidad del alma y la autoridad divina de la ley oral, pusieron de manifiesto el clima de severidad ideológica que imperaba en la sinagoga portuguesa frente a quienes amenazaban el consenso doctrinal.
En este escenario operaba la familia Spinoza. Su padre, Miguel (Michael) de Spinoza, era un reputado comerciante de importación y exportación de frutos secos y productos mediterráneos, quien ocupó cargos administrativos de relevancia en la congregación y en la academia Ets Haim. Sin embargo, la estabilidad doméstica estuvo ensombrecida por constantes duelos familiares: la madre biológica de Baruch, Hana Débora, falleció en 1638, cuando el niño contaba con apenas seis años, seguida por la muerte de su madrastra y de varios de sus hermanos. Estas tempranas pérdidas personales, unidas a la precaria situación financiera que aquejó a la firma mercantil tras las guerras anglo-neerlandesas, templaron el carácter reservado de Spinoza e insertaron su primera juventud en un tejido social cargado de contradicciones identitarias y presiones comunitarias.
1.3 El panorama filosófico europeo: La emergencia del cartesianismo y el mecanicismo
El siglo XVII atestiguó la quiebra definitiva del paradigma cosmológico y epistemológico heredado de la Antigüedad y la Edad Media. La filosofía escolástica aristotélica, articulada sobre las nociones de formas sustanciales, cualidades ocultas y una teleología inmanente que explicaba el movimiento hacia fines intrínsecos, resultó incapaz de asimilar los descubrimientos de la naciente revolución científica promovida por Nicolás Copérnico, Johannes Kepler y Galileo Galilei. El universo cerrado y jerárquico de esferas cristalinas fue pulverizado, dando paso a la concepción de un cosmos infinito, homogéneo y regido por leyes matemáticas universales.
En este contexto de renovación intelectual, la figura de René Descartes emergió como el catalizador de un nuevo horizonte metafísico y metodológico. Durante su prolongada estancia en las Provincias Unidas, Descartes redactó y publicó obras capitales como el Discurso del método (1637) y las Meditaciones metafísicas (1641), las cuales suscitaron intensos debates en las universidades de Leiden y Utrecht. La pretensión cartesiana de refundar el saber sobre una base de certeza indudable —el célebre cogito, ergo sum— y su postulación de una dualidad ontológica entre la sustancia pensante (res cogitans) y la sustancia corpórea (res extensa) dividieron a los claustros académicos entre aristotélicos tradicionalistas y fervientes partidarios de la «filosofía nueva».
La adopción del mecanicismo cartesiano supuso despojar a la naturaleza material de toda animación mística, propósito teleológico o agencia espiritual. El mundo físico pasó a ser concebido como una gigantesca maquinaria compuesta de partes extensas en movimiento regidas por leyes estrictamente mecánicas de colisión y conservación del impulso. Sin embargo, este modelo confrontó serias tensiones con la teología providencialista tradicional: si los fenómenos naturales podían explicarse mediante la causalidad matemática y mecánica, la intervención milagrosa divina, los decretos particulares de la Providencia y la propia doctrina del libre albedrío humano quedaban en una encrucijada conceptual insostenible.
Spinoza absorbió esta efervescencia con una profundidad crítica singular. Si bien reconoció en el cartesianismo el método analítico más lúcido de su tiempo para liberar a la filosofía de la jerga escolástica, no tardó en advertir las aporías inherentes al dualismo de su predecesor. Para Spinoza, la escisión radical entre dos sustancias creadas irreductibles y la atribución de una voluntad infinita a un Dios antropomórfico constituían concesiones injustificables a la teología convencional. El desafío que el joven pensador asumió no fue moderar el mecanicismo, sino radicalizarlo hasta sus últimas consecuencias ontológicas, forjando un sistema en el que la causalidad necesaria abarcara sin fisuras la totalidad de lo existente.
2. Primeros años, formación intelectual y ruptura comunitaria
2.1 Educación formativa: Del hebreo y los textos rabínicos al latín secular
La instrucción inicial de Spinoza se desarrolló en el seno de la academia Keter Torá de la congregación sefardí, una institución pedagógica de elevado prestigio estructurada a partir de las normas educativas más avanzadas de la época. Allí, bajo la égida de maestros distinguidos como Menasseh Ben Israel —polígrafo humanista, diplomático y fundador de la primera imprenta hebrea en Ámsterdam— y Saúl Levi Morteira —riguroso rabino mayor de origen veneciano versado en la dogmática asquenazí e italiana—, el joven Baruch adquirió un dominio exhaustivo de la gramática hebrea, la exégesis de la Torá y los comentarios talmúdicos.
Paralelamente al estudio canónico, Spinoza se sumergió con lucidez crítica en los tratados de los grandes pensadores judíos medievales. Leyó minuciosamente la Guía de perplejos de Moisés Maimónides, cuyo intento de armonizar la revelación mosaica con la física y la metafísica aristotélicas despertó en él una temprana inquietud sobre el estatuto epistemológico de la alegoría bíblica. Asimismo, estudió las obras de Leví ben Gersom (Gersónides) y Abraham ibn Ezra, de cuyos audaces comentarios textuales extrajo las primeras sospechas metodológicas respecto a la imposibilidad de que el Pentateuco hubiera sido redactado de puño y letra por Moisés en su integridad.
No obstante, la vocación intelectual de Spinoza desbordaba los horizontes de la carrera rabínica o de los negocios mercantiles paternos. Hacia comienzos de la década de 1650, ingresó en la academia privada de Franciscus van den Enden, un exjesuita flamenco, librepensador, médico y partidario entusiasta de ideales republicanos radicales. En este entorno heterodoxo, Spinoza emprendió un aprendizaje intensivo del latín, la lingua franca de la filosofía y las ciencias europeas, idioma que no figuraba en el plan formativo de la sinagoga. El dominio del latín no solo le permitió superar la insularidad cultural comunitaria, sino que le otorgó el instrumental lingüístico preciso para redactar su obra futura.
Bajo la tutela de Van den Enden, Spinoza se familiarizó con los textos de los clásicos grecolatinos —Cicerón, Séneca, Tácito, Lucrecio—, asimilando principios del estoicismo y del atomismo antiguo. Asimismo, se introdujo en el estudio experimental de la física, la astronomía y la anatomía modernas, entablando un diálogo crítico con la literatura política renacentista de Maquiavelo y las obras fundacionales de Thomas Hobbes. Este tránsito formativo desde la hermenéutica talmúdica hacia el humanismo secular y el racionalismo mecanicista operó como un proceso de desasimiento dogmático irreversible que cimentó su independencia especulativa.
2.2 Alineación con círculos no conformistas y librepensadores colegiantes
Durante la misma etapa en que perfeccionaba sus estudios clásicos, Spinoza comenzó a frecuentar círculos disidentes al margen de toda ortodoxia eclesiástica. En las Provincias Unidas florecían comunidades de colegiantes (collegianten), menonitas y cuáqueros, sectores cristianos no conformistas que repudiaban los dogmas jerárquicos, rechazaban los sacramentos obligatorios y el sacerdocio profesional, y abogaban por una piedad individual fundada en la luz interior de la razón y la fraternidad universal. Entre estos librepensadores, Spinoza halló un entorno dialógico caracterizado por la honestidad intelectual y la ausencia de dogmatismo censor.
En las reuniones celebradas en Ámsterdam y en las inmediaciones de Rijnsburg, Spinoza trabó amistad con figuras de la talla de Jarig Jelles, Pieter Balling y Jan Rieuwertsz, quienes más tarde se convertirían en los más leales custodios y editores de su legado manuscrito. En estos foros semiclandestinos se debatían con absoluta libertad la naturaleza de las Escrituras, la relación entre el Estado y la libertad de culto, y las tesis cartesianas sobre el alma y el universo corpóreo. La participación en estas tertulias brindó a Spinoza un espacio de socialización intelectual alternativo en un momento en que sus lazos afectivos e ideológicos con la comunidad sefardí comenzaban a resquebrajarse.
Fue en este ambiente de libertad metodológica donde Spinoza maduró sus primeras dudas radicales. Comenzó a sostener abiertamente que el alma humana no es una sustancia inmortal dotada de existencia separada del cuerpo tras la muerte biológica, que la ley mosaica carecía de validez divina universal y que Dios no podía ser concebido como un monarca antropomórfico provisto de emociones, celos o planes deliberados. La divulgación de estas opiniones heterodoxas entre miembros de su comunidad de origen generó una creciente inquietud, precipitándolo en un rumbo de colisión directo con los líderes de la congregación de Ámsterdam.
2.3 El jérem de 1656: Anatema, aislamiento y ruptura definitiva
La tensión soterrada entre el pensamiento divergente de Spinoza y las exigencias institucionales de la sinagoga alcanzó su punto de no retorno en el verano de 1656. Informes presentados ante los parnasim revelaron que el joven comerciante propagaba entre los estudiantes de la congregación tesis calificadas de abominables herejías, concernientes a la corporalidad de Dios y la vacuidad de los preceptos rituales. Tras fracasar los intentos iniciales de persuasión privada —que según crónicas tempranas incluyeron el ofrecimiento de una pensión pecuniaria anual condicionada a guardar silencio y mantener una apariencia exterior de conformidad cultual—, el tribunal rabínico resolvió actuar con la mayor severidad punitiva.
El 27 de julio de 1656 (el 6 de Av de 5416, conforme al calendario hebreo), ante las arcas abiertas de la sinagoga y bajo el sobrecogedor clamor del shofar y la extinción ceremonial de cirios negros, se promulgó contra Spinoza el jérem, el anatema de excomunión más implacable y virulento del que se conserve constancia en los archivos de la comunidad sefardí de Ámsterdam:
«Los Señores del Mahamad les hacen saber que habiendo tenido noticia, desde hace tiempo, de las malas opiniones y obras de Baruch de Spinoza, procuraron por diferentes caminos y promesas apartarlo de sus malos caminos […] dijeron que se expulsara al dicho Spinoza y se lo diera al anatema […] Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando entra. […] Advertimos que nadie le hable por boca ni por escrito, ni le haga ningún favor, ni esté con él bajo el mismo techo, ni a cuatro codos de él, ni lea ningún papel hecho o escrito por él».
A diferencia de otras censuras comunitarias de la época, concebidas con carácter temporal para forzar la retractación y el retorno del transgresor, el jérem contra Spinoza revistió una condición irrevocable. Las causas no obedecieron exclusivamente al fervor teológico de los rabinos, sino al imperativo político de blindar a la congregación frente a las suspicacias de los magistrados calvinistas, demostrando que la comunidad judía no abrigaba en su seno focos de ateísmo ni de subversión filosófica. La expulsión implicó para Spinoza la muerte civil respecto a su familia, la pérdida de vínculos comerciales y el aislamiento absoluto de su entorno originario.
Lejos de quebrantarse moralmente o solicitar clemencia, Spinoza asumió la sentencia como una ratificación formal de su independencia vital y conceptual. En señal de emancipación y asunción de su nueva condición de ciudadano del mundo letrado, sustituyó de forma definitiva su nombre hebreo de nacimiento, Baruch («Bendito»), por su correspondiente latino, Benedictus. Despojado de identidades confesionales, consagró a partir de ese momento su existencia al cultivo exclusivo de la verdad filosófica, al margen de las ataduras gregarias impuestas por el dogma religioso.
3. El modo de vida spinoziano: Soledad, pulido de lentes y libertad intelectual
3.1 La práctica del pulido de lentes y la óptica en el siglo XVII
Tras su expulsión de la comunidad judía y la liquidación formal del negocio de comercio exterior que había administrado brevemente tras la muerte de su padre, Spinoza adoptó un oficio técnico manual para garantizar su subsistencia material: el pulido y tallado de lentes ópticas destinadas a microscopios y telescopios. Esta elección distaba de ser un mero recurso de supervivencia económica; en el siglo XVII, el pulido de lentes constituía un arte de alta precisión técnica en la frontera misma de la investigación científica, que demandaba conocimientos matemáticos avanzados de geometría, física y refracción lumínica.
Spinoza alcanzó una destreza técnica excepcional en la fabricación de instrumentos ópticos. Sus lentes fueron elogiadas por algunas de las figuras científicas más relevantes del continente, entre ellos el astrónomo y físico neerlandés Christiaan Huygens y el secretario de la Royal Society de Londres, Henry Oldenburg. La correspondencia epistolar que mantuvo a lo largo de los años evidencia discusiones pormenorizadas sobre el diseño de curvaturas esféricas y parabólicas, la aberración cromática y la pureza del vidrio, demostrando que el filósofo integraba de manera continua la destreza empírica del artesano con la teorización abstracta sobre la naturaleza de la luz.
Existe una congruencia conceptual fascinante entre la labor artesanal de Spinoza y su arquitectura filosófica. Quien pasa sus jornadas devastando impurezas vítreas para fabricar lentes que permitan al ojo humano percibir lo infinitesimal y lo cósmico, dedica simultáneamente su potencia intelectual a limpiar el intelecto de los prejuicios, las afecciones imaginativas y las ilusiones antropomórficas que distorsionan la comprensión adecuada de la realidad ontológica. Sin embargo, este oficio conllevó un coste humano devastador. La inhalación continua y prolongada de partículas microscópicas de polvo de vidrio y de polvos abrasivos de pulido en recintos cerrados dañó de forma progresiva su aparato respiratorio, agravando una predisposición congénita a la tisis o tuberculosis que segaría su vida prematuramente a los cuarenta y cuatro años.
3.2 Itinerario geográfico y red de amistades: Rijnsburg, Voorburg y La Haya
A fin de proteger su tranquilidad de espíritu y eludir la hostilidad latente de ciertos sectores dogmáticos de Ámsterdam, Spinoza emprendió un periplo geográfico discreto por diversas localidades holandesas. Hacia 1661 se estableció en el pequeño pueblo de Rijnsburg, cerca de Leiden, sede espiritual y centro de reunión habitual de los colegiantes. En esta estancia campestre, libre de interrupciones urbanas, redactó gran parte de su Tratado de la reforma del entendimiento (Tractatus de Intellectus Emendatione), los Principios de la filosofía de Descartes (la única obra publicada bajo su nombre en vida, en 1663) y las primeras formulaciones axiomáticas de la Ética.
Posteriormente, en 1663, trasladó su residencia a Voorburg, una localidad residencial en las afueras de La Haya, lo que le permitió un contacto más fluido con círculos intelectuales y diplomáticos de primer orden sin resignar su retiro meditativo. Finalmente, en 1670, se instaló de forma definitiva en la ciudad de La Haya, alojándose primero en la pensión de la viuda Van de Velde en la calle Stille Veerkade y, a partir de 1671, en la modesta buhardilla de la casa del pintor Hendrick van der Spyck sobre el canal Paviljoensgracht, donde residió hasta su muerte.
Pese a su distanciamiento voluntario de la vida cortesana e institucional, Spinoza nunca fue un eremita incomunicado. Alrededor de su figura gravitaba una red selecta de amigos y corresponsales íntimos que compartían sus inquietudes especulativas. Médicos e intelectuales como Lodewijk Meyer —quien redactó el prólogo a su libro sobre Descartes y corrigió borradores de sus obras—, Johannes Bouwmeester y el comerciante Pieter Balling conformaban un círculo hermenéutico de confianza. Estos amigos recibían periódicamente pliegos manuscritos de la Ética, los leían en reuniones colectivas, planteaban objeciones filosóficas y recibían de vuelta las detalladas aclaraciones epistolares del pensador, configurando una auténtica comunidad epistémica que sustentó el despliegue del sistema spinoziano.
3.3 Rechazo de prebendas académicas y defensa de la independencia de pensamiento
La integridad intelectual de Spinoza y su determinación inquebrantable de preservar la autonomía de su juicio crítico tuvieron su manifestación más paradigmática en el célebre episodio de 1673 concerniente a la oferta de una cátedra académica. En febrero de aquel año, Johann Ludwig Fabricius, distinguido teólogo y consejero del príncipe elector del Palatinado, Carlos Luis, le remitió una misiva formal ofreciéndole una cátedra ordinaria de filosofía en la prestigiosa Universidad de Heidelberg. La propuesta garantizaba una sustanciosa remuneración económica, un estatus social eminente y la promesa formal de la «más amplia libertad de filosofar» (amplissima philosophandi libertas), con la única salvedad de que no abusara de dicha prerrogativa para perturbar la religión establecida públicamente en el Estado.
La respuesta de Spinoza, remitida desde La Haya el 30 de marzo de 1673, constituye un manifiesto imperecedero sobre la libertad interior y los peligros de la cooptación institucional del filósofo. En una carta impregnada de cortesía exquisita pero de una firmeza insoslayable, el pensador declinó el ofrecimiento:
«Pienso que si me dedicara a instruir a la juventud, tendría que cesar de avanzar en la filosofía […] No sé dentro de qué límites deba encerrarse esa libertad de filosofar para que no parezca que pretendo perturbar la religión públicamente establecida, pues los cismas no nacen tanto del amor a la religión cuanto de la diversidad de afectos de los hombres o del afán de contradicción […] Puesto que ya he experimentado esto viviendo una vida privada y solitaria, con mayor motivo debería temerlo tras haber ascendido a ese grado de dignidad».
Spinoza reconoció con meridiana lucidez que cualquier compromiso formal con un poder soberano o una corporación académica acabaría restringiendo la audacia de sus indagaciones. Para él, la libertad de filosofar no admitía salvaguardas parciales ni cláusulas ambiguas dictadas por intereses teológico-políticos. Prefirió continuar habitando su modesta buhardilla en La Haya y sostenerse mediante el trabajo manual de sus manos antes que transigir con las ataduras del patrocinio cortesano o someter su pensamiento al escrutinio dogmático de las facultades universitarias.
4. El método geométrico y la estructura de la ‘Ética demostrada según el orden geométrico’
4.1 El ‘Mos Geometricus’ como elección metodológica y epistemológica
La obra cumbre de Spinoza, la Ethica, ordine geometrico demonstrata (redactada de forma definitiva hacia 1675 pero publicada póstumamente en 1677), se presenta al lector bajo un dispositivo formal que resulta desconcertante para la sensibilidad contemporánea: el orden geométrico (mos geometricus). Siguiendo el modelo axiomático-deductivo sistematizado por Euclides en sus Elementos, cada una de las cinco partes en que se divide el tratado se inaugura con una serie rigurosa de Definiciones nominales y reales, seguidas de Axiomas autoevidentes para el entendimiento humano, a partir de los cuales se demuestran formalmente sucesivas Proposiciones, complementadas con sus respectivos Corolarios y densos Escolios explicativos.
Esta adopción metodológica no representaba un mero artificio expositivo ni un prurito estético propio del racionalismo barroco. Para Spinoza, el mos geometricus constituía la única vía epistemológica capaz de neutralizar la interferencia retórica, la oratoria sentimental y la subjetividad valorativa que históricamente habían corrompido a la filosofía moral. El orden geométrico opera como un espejo del orden ontológico mismo de la realidad: en la medida en que las cosas fluyen de la naturaleza divina con la misma necesidad lógica con que de la esencia del triángulo se sigue que la suma de sus ángulos internos equivale a dos rectos, el discurso filosófico debe proceder imitando ese mismo encadenamiento necesario de causas y consecuencias.
La audacia suprema de este planteamiento metodológico culmina en el célebre prefacio a la Parte III de la Ética, donde Spinoza anuncia su propósito de analizar la naturaleza y las pasiones humanas con el mismo distanciamiento analítico con que se estudian las propiedades espaciales:
«Consideraré, pues, los afectos y la conducta de los hombres exactamente como si se tratara de líneas, planos y cuerpos».
Al despojar al estudio de la psicología humana de toda indignación moralista, lamento ético o ironía despreciativa, Spinoza inauguró una aproximación objetiva, inmanente y naturalizada de la existencia, en la que el vicio y el error no son interpretados como desvíos perversos de la creación, sino como fenómenos necesarios derivados de las leyes universales de la naturaleza.
4.2 La arquitectura global de la ‘Ética’ en cinco partes
La Ética está estructurada en un itinerario dialéctico e inductivo-deductivo de inquebrantable coherencia interna, compuesto por cinco partes que guían al lector desde la ontología primordial hasta la cima de la libertad espiritual:
- Parte I: De Dios (De Deo): Despliega la metafísica fundamental del sistema. Define la noción de causa de sí (causa sui), la sustancia única, infinita e indivisible, y rebate de manera categórica el modelo teológico tradicional de un Dios provisto de voluntad, entendimiento creador y propósitos teleológicos, formulando la identidad ontológica Deus sive Natura.
- Parte II: De la naturaleza y origen del alma (De natura et origine mentis): Explora la teoría del conocimiento y la relación mente-cuerpo. Frente al dualismo cartesiano, expone la doctrina del paralelismo psicofísico: la mente y el cuerpo son una y la misma entidad considerada bajo dos atributos distintos (Pensamiento y Extensión).
- Parte III: Del origen y naturaleza de los afectos (De origine et natura affectuum): Formula una psicología dinámica y mecanicista sustentada sobre el principio del conatus o impulso vital de autopreservación, derivando la totalidad del entramado emocional a partir de tres afectos primarios: Deseo, Alegría y Tristeza.
- Parte IV: De la servidumbre humana, o de la fuerza de los afectos (De servitute humana, seu de affectuum viribus): Analiza la impotencia del sujeto ante el asalto de las causas exteriores. Define la servidumbre como el sometimiento ciego a las pasiones pasivas originadas por la ignorancia de las causas determinantes.
- Parte V: De la potencia del entendimiento o de la libertad humana (De potentia intellectus, seu de libertate humana): Traza la vía de liberación ética e intelectual. Mediante la transformación de las pasiones en afectos activos a través de ideas claras y distintas, el ser humano alcanza la beatitud, el amor intelectual a Dios (amor Dei intellectualis) y la intuición de la eternidad.
Esta progresión revela que todo el andamiaje metafísico y epistemológico de Spinoza no persigue un fin teorético estéril, sino un propósito eminentemente existencial y emancipador. La ontología no es otra cosa que el fundamento indispensable de una vida ética bien orientada: no se puede saber cómo vivir libremente sin antes haber comprendido con exactitud rigurosa cuál es el lugar ontológico que el ser humano ocupa en el tejido infinito e impersonal de la Naturaleza.
5. Metafísica fundamental: Dios, la sustancia única y ‘Deus sive Natura’
5.1 La doctrina de la sustancia única e indivisible
El punto de partida y la piedra angular del edificio filosófico de Spinoza reside en la definición ontológica de la sustancia establecida en la Definición 3 de la Parte I de la Ética:
«Por sustancia entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí mismo; esto es, aquello cuyo concepto no necesita del concepto de otra cosa por el que deba ser formado».
A partir de esta caracterización, Spinoza desarticula por completo la noción aristotélica y cartesiana de sustancia. Mientras que Descartes había admitido la existencia de sustancias finitas creadas —las cuales requerían únicamente del concurso ordinario divino para subsistir—, Spinoza deduce con férrea consecuencia lógica que si una sustancia necesitara de otra para existir o ser concebida, ya no sería autónoma ni ontológicamente autosuficiente. Por consiguiente, la sustancia debe ser necesariamente infinita, eterna e increada, constituyéndose en su propia causa: causa sui (aquello cuya esencia envuelve necesariamente la existencia).
De esta premisa se sigue la Proposición 14 de la Parte I: «No puede existir ni concebirse ninguna sustancia fuera de Dios». Si existieran dos o más sustancias con los mismos atributos, se confundirían entre sí; si tuvieran atributos enteramente distintos, no podrían interactuar causalmente, pues entre dos entidades sin nada en común no puede haber relación de producción ni de inteligibilidad. La consecuencia ontológica resulta categórica e inapelable: la realidad es un todo unificado, continuo e indivisible. El dualismo cartesiano entre materia y espíritu, así como la distancia abismal proclamada por el teísmo tradicional entre un Dios trascendente y un cosmos contingente creado de la nada (ex nihilo), quedan pulverizados en beneficio de un monismo ontológico radical.
5.2 Atributos y modos: La estructura interna de lo real
Para articular la infinita multiplicidad y variación de la experiencia fenoménica sin fracturar la unidad originaria de la sustancia, Spinoza introduce las nociones estructurales de atributos y modos. El atributo es definido como «aquello que el entendimiento percibe de la sustancia como constitutivo de su esencia» (Ética I, Def. 4). Dado que la sustancia es ontológicamente infinita, posee infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e ilimitada. No obstante, el entendimiento humano, dada su propia constitución psicofísica, solo es capaz de acceder y percibir dos de esos infinitos atributos: el Pensamiento (cogitatio) y la Extensión (extensio).
A su vez, los modos (modi) representan las «afecciones de la sustancia, o aquello que es en otro, por medio de lo cual también es concebido» (Ética I, Def. 5). Los modos son, por ende, las determinaciones particulares, las individuaciones o los estados contingentes a través de los cuales la sustancia eterna se despliega en la temporalidad. Spinoza clasifica los modos en dos categorías operativas:
- Modos infinitos: Aquellas estructuras universales e inmutables que dimanan inmediatamente de la naturaleza absoluta de un atributo. En el atributo de la Extensión, el modo infinito inmediato es el movimiento y el reposo (motus et quies), mientras que el modo infinito mediato es la fisonomía cambiante pero globalmente constante del universo material en su totalidad (facies totius universi). En el atributo del Pensamiento, el modo infinito inmediato se corresponde con el intelecto absolutamente infinito de Dios.
- Modos finitos: Constituyen la pluralidad inagotable de las entidades singulares y perecederas que pueblan el mundo empírico: cada cuerpo físico concreto, cada roca, cada árbol, cada ser humano, y cada una de las ideas, voliciones y pensamientos singulares que acontecen en las mentes finitas.
Bajo este esquema, ningún ser particular goza de autonomía ontológica o sustantividad aislada. Los seres humanos no somos sustancias independientes que transitan por el mundo con un destino separado; somos modificaciones transitorias, ondas en la superficie del océano infinito de la sustancia única, que existen y son pensadas únicamente en y a través de Dios.
5.3 El concepto de ‘Deus sive Natura’: Monismo e inmanencia radical
La síntesis culminante de la ontología spinoziana se cristaliza en la célebre fórmula acuñada en el prefacio a la Parte IV de la Ética: Deus sive Natura («Dios o la Naturaleza»). Al yuxtaponer ambos términos mediante la conjunción de equivalencia sive, Spinoza consuma la desacralización de la divinidad monoteísta tradicional. La distinción escolástica entre el Creador y la criatura queda redefinida a partir de dos polos dinámicos de una única e idéntica realidad:
- Natura Naturans (Naturaleza naturante): La sustancia concebida en tanto que es en sí y se concibe por sí misma; la causalidad inmanente, originaria, libre y activa en su infinitud primordial (Dios considerado a través de sus atributos).
- Natura Naturata (Naturaleza naturada): La totalidad de los modos que se siguen de la necesidad de la naturaleza divina; el entramado universal de efectos, cuerpos e ideas concebidos en tanto existen en Dios y dependen absolutamente de su causalidad eterna.
Esta equiparación clausura todo vestigio de antropomorfismo. Spinoza rechaza con vigor demoledor la idea de que Dios posea una voluntad electiva, sentimientos morales, planes de salvación o caprichos milagrosos. Sostener que Dios actúa con un fin predeterminado equivale, según el filósofo, a postular que a la divinidad le falta algo que aspira alcanzar, lo cual resulta un absurdo lógico para una entidad infinita y perfecta. Dios no creó el universo por un acto de amor ni por un decreto de su soberana voluntad; las cosas brotan de su esencia con la misma necesidad intrínseca con que las propiedades geométricas se deducen de los principios matemáticos.
Las reacciones contemporáneas ante este monismo radical fueron de unánime escándalo teológico. Al despojar a Dios de su condición de juez moral y creador trascendente, el pensamiento spinoziano fue calificado de ateísmo encubierto por las ortodoxias cristianas y judías de la época. Para sus detractores, un Dios que se confunde con la materia y la ley física, incapaz de intervenir providencialmente o de conceder premios y castigos ultraterrenos, anulaba las bases mismas de la religión revelada. Con posterioridad, el sistema sería categorizado como panteísmo, si bien analistas contemporáneos precisan que el término más riguroso es el de panenteísmo inmanentista, donde todo lo existente está contenido en una divinidad impersonal que no se agota en la suma empírica de sus modos finitos.
6. Epistemología: Los tres géneros del conocimiento y la superación del error
6.1 El primer género: Opinión o imaginación (‘experientia vaga’)
En las Proposiciones 40 a 42 de la Parte II de la Ética, Spinoza expone su teoría del conocimiento articulada a través de tres géneros sucesivos de aprehensión cognitiva. El primer nivel, denominado conocimiento por opinión o imaginación (imaginatio, a menudo vinculado a la experiencia desordenada o experientia vaga), abarca la percepción sensible ordinaria y el registro mnemónico pasivo de las afecciones corpóreas cotidianas.
Este género primario de conocimiento se caracteriza por su naturaleza truncada, confusa y fragmentaria. Dado que nuestros sentidos captan el mundo únicamente a través de la interacción entre nuestros cuerpos particulares y los cuerpos exteriores que chocan contra nosotros, las imágenes que formamos no revelan la esencia de los objetos externos ni la naturaleza real de nuestra propia constitución biológica, sino meras modificaciones locales y relativas. De esta percepción sesgada brotan las nociones universales abstractas («hombre», «caballo», «perro»), que no son conceptos rigurosos, sino mezclas borrosas producidas por la saturación de nuestra capacidad imaginativa cerebral.
Fundamentalmente, el primer género de conocimiento constituye la fuente exclusiva del error y de la superstición humana. Para Spinoza, el error no es una entidad ontológica positiva ni una facultad defectuosa implantada en el alma, sino una simple privación de conocimiento intrínseca a las ideas inadecuadas. Cuando percibimos el sol, por ejemplo, lo imaginamos como un pequeño disco resplandeciente situado a unos doscientos pasos de distancia; este juicio no es falso por lo que afirma en sí (el ojo efectivamente experimenta esa afección visual), sino por lo que ignora: la distancia real y las leyes de la óptica astronómica. Mientras los individuos permanezcan anclados exclusivamente en el saber imaginativo, serán víctimas indefensas de las pasiones irracionales, la angustia religiosa y el miedo al destino.
6.2 El segundo género: La razón y las nociones comunes
El segundo peldaño epistemológico corresponde a la razón (ratio), la cual se fundamenta en la posesión de ideas adecuadas construidas a partir de las nociones comunes (notiones communes). Las nociones comunes son aquellos conceptos que captan las propiedades formales compartidas por la totalidad de las cosas materiales o por una pluralidad de ellas, y que son igualmente comunes a la parte y al todo (como la extensión, la figura geométrica, el movimiento y el reposo).
Al no versar sobre imágenes singulares ni sobre abstracciones ficticias, sino sobre los principios estructurales que rigen la mecánica causal del cosmos, las nociones comunes son forzosamente concebidas por la mente de modo claro y distinto. La razón no se conforma con registrar pasivamente los impactos de la experiencia externa; descompone analíticamente los fenómenos, deduce sus causas eficientes y encadena las proposiciones siguiendo las leyes de la lógica y la física universal. A través de este género cognitivo, la mente logra trascender el punto de vista parcial y contingente de la propia experiencia autobiográfica para contemplar las cosas desde una perspectiva objetiva y compartida.
El conocimiento racional discursivo posee una certeza intrínseca e incorruptible: es necesariamente verdadero. Al captar el orden causal necesario que vincula a los modos dentro de la Naturaleza, la razón libera al entendimiento humano del desconcierto y la perplejidad imaginativa, dotándolo de la capacidad de articular juicios sólidos y leyes científicas generales. Constituye, asimismo, la herramienta indispensable para que el individuo comience a domesticar sus pulsiones afectivas caóticas mediante la comprensión intelectual de sus determinaciones mecánicas.
6.3 El tercer género: La ciencia intuitiva (‘scientia intuitiva’)
El horizonte supremo de la epistemología spinoziana es la ciencia intuitiva (scientia intuitiva). Mientras que la razón discursiva procede de manera mediata y general a través de deducciones y nociones comunes universales, el tercer género de conocimiento avanza directamente desde la idea adecuada de la esencia formal de ciertos atributos divinos hasta el conocimiento adecuado de la esencia particular de las cosas singulares individuales (Ética II, Prop. 40, Escolio 2).
La ciencia intuitiva no discurre deductivamente mediante silogismos; es una visión sintética, inmediata e inmanente en la que el sujeto capta de un solo golpe cognitivo la necesidad intrínseca de una cosa singular emergiendo perpetuamente del seno infinito de Dios. Conocer un objeto bajo el tercer género significa concebirlo sub specie aeternitatis («bajo el aspecto de la eternidad»), esto es, despojado de las coordenadas ilusorias del tiempo cronológico ordinario, de la duración contingente y de la localización espacial, para aprehenderlo como un eslabón eterno e irreemplazable de la trama ontológica de la sustancia infinita.
Este grado eminente de intuición intelectual representa la perfección máxima de la mente humana y engendra una serenidad espiritual absoluta. Al experimentar la verdad de las cosas en su conexión ineludible con la totalidad de la Naturaleza, el filósofo no solo comprende el orden cósmico, sino que experimenta un gozo intelectual insuperable. Es en este estrato epistémico donde florece de forma exclusiva el amor Dei intellectualis (amor intelectual a Dios), culminación suprema de la sabiduría y de la libertad humana.
7. La psicología de los afectos y el principio del ‘Conatus’
7.1 El ‘Conatus’ como esencia actual de las cosas singulares
En el núcleo de la antropología y de la psicología de Spinoza late una formulación metafísica cardinal: el principio del conatus. Enunciado formalmente en la Proposición 6 de la Parte III de la Ética, este principio postula:
«Cada cosa, en cuanto está en sí, se esfuerza por perseverar en su ser» (Unaquaeque res, quantum in se est, in suo esse perseverare conatur).
Para Spinoza, este esfuerzo inmanente de autopreservación y afirmación existencial no constituye una propiedad contingente o sobreañadida al ente; es «nada más que la esencia actual de la cosa misma» (Ética III, Prop. 7). Todo modo singular finito, desde el átomo hasta el ser humano, es una cantidad determinada de potencia (potentia) de la sustancia infinita, y esa potencia solo puede expresarse como una pugna activa por mantener su cohesión estructural interna frente a la acción disgregadora de las demás causas exteriores que lo rodean.
Cuando este esfuerzo ontológico se refiere exclusivamente a la mente humana, recibe el nombre de voluntad (voluntas); cuando se predica conjuntamente del compuesto mente-cuerpo, se denomina apetito (appetitus), el cual representa la esencia misma del hombre en tanto determinada a realizar aquellas acciones que sirven a su autoconservación. Cuando este apetito deviene consciente de sí mismo, Spinoza lo designa como deseo (cupiditas).
Esta afirmación del conatus opera una revolución teleológica copernicana dentro de la axiología moral. La tradición platónico-aristotélica y cristiana sostenía que los seres humanos apetecen las cosas porque reconocen en ellas una bondad objetiva e intrínseca; Spinoza invierte de forma radical esta relación causal en el Escolio de la Proposición 9 de la Parte III:
«Consta, pues, por todo esto, que nosotros no intentamos, queremos, apetecemos ni deseamos algo porque juzguemos que es bueno, sino que, por el contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo intentamos, queremos, apetecemos y deseamos».
El valor moral y ético queda así despojado de toda trascendencia metafísica. Lo «bueno» (bonum) es todo aquello que favorece, estimula o acrecienta nuestra potencia vital de perseverar en el ser; lo «malo» (malum) es aquello que frustra, debilita o aniquila dicha potencia. En la psicología contemporánea y en la neurobiología evolutiva, este principio spinoziano es reconocido como un asombroso precursor del concepto de homeostasis y de los impulsos biológicos primordiales que regulan la supervivencia organísmica.
7.2 Los afectos primarios: Alegría, tristeza y deseo
Sobre el cimiento ontológico del conatus, Spinoza edifica su rigurosa teoría de la afectividad. En la Definición 3 de la Parte III de la Ética, define el afecto (affectus) en los siguientes términos:
«Por afecto entiendo las afecciones del cuerpo, por las cuales aumenta o disminuye, es favorecida o perjudicada, la potencia de actuar de ese mismo cuerpo, y al mismo tiempo, las ideas de estas afecciones».
A partir de esta concepción psico-somática unitaria, el filósofo reduce la vasta y abigarrada cartografía de las emociones humanas a una matriz generativa sustentada en tres afectos primarios:
- El Deseo (Cupiditas): El conatus consciente de sí mismo; el apetito vital en movimiento continuo que orienta al individuo hacia la búsqueda de los medios materiales e intelectuales requeridos para asegurar su supervivencia y expansión ontológica.
- La Alegría (Laetitia): La pasión o afecto mediante el cual la mente y el cuerpo experimentan el tránsito o pasaje de una menor perfección a una mayor perfección o potencia de actuar. La alegría es el registro vivencial del incremento de nuestra fuerza vital.
- La Tristeza (Tristitia): El afecto por el cual la mente y el cuerpo transitan de una mayor perfección a una menor perfección o potencia de actuar. La tristeza expresa el menoscabo, la frustración y el encogimiento de nuestra potencia vital ante la colisión con causas externas hostiles.
Mediante un análisis deductivo de deslumbrante precisión anatómica, Spinoza demuestra cómo la totalidad de los afectos secundarios complejos —el amor, el odio, la envidia, la piedad, la soberbia, el miedo, la esperanza o la ira— no son más que combinaciones intrincadas de la tríada elemental tamizadas por la imaginación asociativa y las circunstancias contingentes de la experiencia. El amor (amor), verbigracia, no es un misterio místico, sino simplemente «la alegría acompañada de la idea de una causa exterior»; mientras que el odio (odium) no es otra cosa que «la tristeza acompañada de la idea de una causa exterior». Quien odia experimenta una merma de su potencia y proyecta la causa imaginaria de esa aflicción sobre un objeto ajeno, quedando atado a un circuito afectivo pernicioso de hostilidad y sufrimiento.
7.3 El paralelismo psicofísico y la unidad de la mente y el cuerpo
Uno de los nudos más problemáticos legados por la filosofía de Descartes fue la cuestión de la interacción psicofísica. Al postular una escisión sustancial absoluta entre el pensamiento inextenso e inmaterial y el cuerpo extenso y mecánico, Descartes se vio compelido a formular hipótesis inverosímiles, como la interacción fisiológica de ambas sustancias a través de la glándula pineal situada en la base del cerebro. Spinoza corta este nudo gordiano mediante su teoría del paralelismo psicofísico o doctrina del aspecto dual, consagrada en la célebre Proposición 7 de la Parte II de la Ética:
«El orden y conexión de las ideas es el mismo que el orden y conexión de las cosas» (Ordo et connexio idearum idem est ac ordo et connexio rerum).
La mente y el cuerpo no son dos sustancias disímiles que entran en contacto milagroso; son una y la misma entidad individual contemplada simultáneamente bajo dos atributos distintos de la sustancia única. La mente humana es la idea cuyo objeto real y directo es el cuerpo humano (Ética II, Prop. 13), y el cuerpo humano es la realización extensa de esa misma idea mental. Por consiguiente, no existe una causalidad transitiva cruzada: el cuerpo no puede determinar a la mente a pensar, ni la mente puede forzar al cuerpo al movimiento o al reposo (Ética III, Prop. 2).
Esta equiparación ontológica supuso una revalorización radical de la corporeidad en una tradición filosófica que solía denigrar la materia como la prisión pecaminosa del alma. Para Spinoza, la potencia de pensar de la mente es estrictamente proporcional a la complejidad, aptitud y potencia de actuar y ser afectado que posea su cuerpo correlativo. En su agudo Escolio a la Proposición 2 de la Parte III, el filósofo pronuncia una advertencia que anticipó en siglos a la investigación fisiológica y cognitiva contemporánea:
«Nadie, en efecto, ha determinado hasta ahora lo que puede el cuerpo […] Porque nadie sabe hasta ahora de tal manera la fábrica del cuerpo como para poder explicar todas sus funciones».
Al suprimir toda jerarquía moral entre cuerpo y espíritu, Spinoza sienta las bases de un naturalismo integral donde los procesos psíquicos y los procesos neurofisiológicos son correlatos inseparables de una única dinámica vital.
8. Servidumbre y libertad humana: Hacia la beatitud ética
8.1 La servidumbre humana y el imperio de las pasiones pasivas
El título de la Parte IV de la Ética formula el diagnóstico antropológico fundamental del pensamiento spinoziano: la servidumbre humana (servitus). Spinoza define esta condición en el prefacio de dicha sección como:
«La impotencia del hombre para gobernar y refrenar sus afectos; pues el hombre sometido a los afectos no es dueño de sí mismo, sino que está a merced de la fortuna, en cuyo poder se halla de tal manera que a menudo se ve forzado a seguir lo peor, aun viendo lo que es mejor».
El origen ontológico de esta servidumbre se deriva inexorablemente de la finitud constitutiva del ser humano. Dado que somos modos singulares insertos en una Naturaleza infinita poblada por una infinitud de otras fuerzas modales cuya potencia sobrepasa de manera inconmensurable a la nuestra, es inevitable que seamos sacudidos por influencias externas que alteran nuestro equilibrio homeostático. Cuando somos afectados por causas exteriores de las cuales solo poseemos ideas inadecuadas e imaginativas, caemos en la categoría de la pasión pasiva (passio): somos agentes pasivos sobre los que la realidad exterior actúa, creyendo engañosamente que decidimos libremente nuestros actos.
Spinoza emprende aquí una crítica demoledora de la noción tradicional de libre albedrío. La presunta libertad de la voluntad no es más que una ilusión psicológica originada en la ignorancia infantil de las causas que nos determinan. En una célebre carta a G. H. Schuller (Carta 58), Spinoza recurre a una parábola elocuente: una piedra que rueda tras haber recibido un impulso inicial pensaría, si fuera dotada de conciencia en pleno vuelo, que se mueve por su propia voluntad y deliberación soberana. Del mismo modo, el lactante cree desear libremente la leche, el niño enfurecido la venganza, el borracho sus palabras insensatas y el tímido la huida, simplemente porque son conscientes de sus voliciones pero ciegos ante las causas determinantes y necesarias que las provocan.
Esta servidumbre pasional se ve agravada por la acción de la superstición eclesiástica y la dominación despótica, las cuales instrumentalizan la tristeza, la culpa y el miedo como herramientas privilegiadas para doblegar el ánimo de las poblaciones. Quien vive sometido a las pasiones tristes es fácilmente manipulable por los tiranos, pues carece de la fortaleza interna necesaria para ejercer su autonomía racional.
8.2 La transformación de las pasiones en acciones mediante la razón
La vía de emancipación trazada por Spinoza en la Parte V de la Ética no apela a una supresión estoica de los afectos ni a una victoria milagrosa de la voluntad abstracta sobre el cuerpo. Fiel a su mecanicismo, Spinoza establece un axioma psicológico ineludible: «Un afecto no puede ser reprimido ni destruido sino por un afecto contrario y más fuerte que el afecto que ha de ser reprimido» (Ética IV, Prop. 7). La razón teórica pura resulta impotente contra la vehemencia pasional a menos que la razón misma devenga afecto, transformándose en un deseo más vigoroso de inteligibilidad y gozo intelectual.
El mecanismo central de esta transmutación afectiva se formula en la célebre Proposición 3 de la Parte V:
«Un afecto que es una pasión deja de ser una pasión tan pronto como nos formamos de él una idea clara y distinta».
Cuando un individuo es presa de la ira, los celos o la angustia, se halla esclavizado porque concibe la causa de su padecimiento de modo exterior y confuso. Sin embargo, en el instante en que el entendimiento investiga racionalmente los determinismos fisiológicos, biográficos y mecánicos que suscitaron dicha emoción, la mente deja de padecer pasivamente el afecto para convertirse en sujeto activo de su propio conocimiento. Al comprender que la persona que nos agrede actúa movida por la necesidad intrínseca de su propia naturaleza y por la cadena universal de causas, el odio se desvanece de manera natural, siendo sustituido por la serenidad y la comprensión racional.
Este proceso metamorfosea las pasiones tristes en afectos activos (actiones), los cuales emanan exclusivamente de la posesión de ideas adecuadas y expresan el despliegue genuino de nuestro conatus racional. A través de virtudes genuinas como la firmeza de ánimo (animositas) —el esfuerzo por preservar el propio ser conforme a la razón— y la generosidad (generositas) —el esfuerzo racional por ayudar y unirse fraternalmente a los demás semejantes—, el sabio spinoziano desactiva el impacto destructivo del entorno y conquista una soberanía interior invulnerable.
8.3 La beatitud y el amor intelectual a Dios (‘Amor Dei Intellectualis’)
La cumbre y resolución existencial de la Ética se alcanza en la doctrina de la beatitud (beatitudo) y el amor intelectual a Dios (amor Dei intellectualis). Para Spinoza, la salvación del alma no es un acontecimiento escatológico reservado para un juicio postmórtem en el más allá, ni un salario celestial otorgado graciosamente por una deidad compasiva como recompensa a la renuncia terrenal. En la última proposición de la obra (Parte V, Proposición 42), Spinoza proclama su tesis ética más célebre:
«La beatitud no es el premio de la virtud, sino la virtud misma; ni gozamos de ella porque refrenemos nuestras concupiscencias, sino que, al contrario, porque gozamos de ella, podemos refrenar nuestras concupiscencias».
La beatitud es el gozo supremo que experimenta la mente cuando alcanza el tercer género de conocimiento y contempla la totalidad de lo real sub specie aeternitatis. Al intuir cómo su propia esencia singular y la de todas las demás cosas fluyen eternamente de la sustancia infinita, el ser humano experimenta un amor hacia esa necesidad divina impersonal que Spinoza denomina amor Dei intellectualis. Este afecto no espera reciprocidad alguna, pues Dios, al carecer de pasiones, no ama ni odia a nadie en sentido humano (Ética V, Prop. 19): quien ama verdaderamente a Dios no puede pretender que Dios lo ame a él en retorno, so pena de desear que Dios deje de ser la sustancia infinita y necesaria.
En este estrato ontológico supremo, Spinoza introduce su enigmática afirmación sobre la eternidad de la mente: «Sentimos y experimentamos que somos eternos» (Sentimus, experimurque, nos aeternos esse; Ética V, Prop. 23, Escolio). Esta eternidad no debe confundirse con la supervivencia temporal indefinida de la memoria autobiográfica o del yo empírico individual (ambos ligados indisolublemente a la duración contingente del cuerpo biológico). Lo que de la mente permanece y no puede ser destruido por la muerte física es la parte constituida por las ideas adecuadas y el entendimiento puro, el cual pertenece formalmente a la esfera atemporal de la esencia divina. La paz interior alcanzada por el sabio radica en haber transferido el centro de gravedad de su existencia desde la contingencia pasajera de las pasiones hacia la contemplación necesaria e inextinguible del cosmos.
9. El ‘Tratado teológico-político’: Crítica bíblica y desacralización
9.1 Fundamentos del método histórico-crítico de exégesis bíblica
Publicado anónimamente en Ámsterdam en 1670 bajo un falso pie de imprenta que atribuía la edición a «Henricus Künraht» en Hamburgo, el Tratado teológico-político (Tractatus Theologico-Politicus, TTP) constituye uno de los textos fundacionales de la Modernidad crítica y secular. Alarmado por la creciente influencia de los predicadores calvinistas intolerantes que amenazaban con derrocar al régimen republicano liberal del Gran Pensionario Jan de Witt, Spinoza interrumpió la redacción de su Ética para acometer una demolición filológica sistemática de los pretextos teológicos sobre los cuales se sustentaba el fanatismo político y religioso.
La revolución metodológica introducida por Spinoza en el capítulo VII del TTP se condensa en un axioma hermenéutico sin precedentes: la interpretación de la Escritura debe realizarse a partir del examen histórico de la Escritura misma, con el mismo rigor empírico y filológico con que se investiga la naturaleza física. Spinoza exigió abordar el texto bíblico despojándose de todo prejuicio dogmático preconcebido que asuma a priori su infalibilidad literal o su carácter sobrenatural, tratándolo como un documento humano compuesto en épocas históricas diversas por redactores específicos condicionados por las limitaciones lingüísticas y culturales de su tiempo.
El núcleo de su método descansa sobre la separación tajante e infranqueable entre la Filosofía y la Teología:
- El fin de la Filosofía es única y exclusivamente la Verdad: Su dominio se funda en la luz natural de la razón, las nociones comunes universales y la demostración racional rigurosa.
- El fin de la Teología (y de la Escritura revelada) es la Piedad y la Obediencia moral: Su propósito histórico no fue instruir a la humanidad en las ciencias naturales, la astronomía o la metafísica, sino exhortar a masas iletradas a la práctica de la caridad y la justicia intersubjetiva mediante narraciones adaptadas a su capacidad imaginativa.
Aplicando este bisturí filológico al texto hebreo del Antiguo Testamento, Spinoza demostró que el Pentateuco no pudo haber sido escrito por Moisés, señalando anacronismos flagrantes (como el relato de la propia muerte y sepultura del patriarca en el Deuteronomio, o menciones geográficas posteriores a la conquista de Canaán). Concluyó con audacia pionera que el Pentateuco, los libros de Josué, Jueces, Samuel y Reyes constituían en realidad una compilación fragmentaria, contradictoria y tardía, editada siglos después probablemente por el escriba Esdras, demoliendo de raíz el mito de la preservación incorrupta de la palabra divina.
9.2 Desmitificación de los milagros y naturaleza de la profecía
En los capítulos iniciales del Tratado teológico-político, Spinoza desarticula dos de los pilares fundacionales de la fe revelada tradicional: la profecía y los milagros. Respecto al fenómeno profético (Capítulos I y II), Spinoza sostiene que los profetas del Antiguo Testamento no sobresalieron por poseer un entendimiento filosófico superior ni por haber accedido a secretos cosmológicos vedados a la razón común, sino únicamente por poseer una imaginación excepcionalmente viva y exaltada.
Dado que la imaginación es incapaz de generar certezas racionales intrínsecas por sí misma, las revelaciones proféticas siempre necesitaron de «signos» empíricos exteriores para convencer al profeta de la autenticidad de su visión, y el contenido doctrinal de sus mensajes reflejó inevitablemente las convicciones personales, los temperamentos emotivos y los prejuicios socioculturales de cada visionario (así, profetas melancólicos presagiaban desastres bélicos, mientras que profetas risueños auguraban victorias y fertilidad). El valor imperecedero del testimonio profético no radica en su pretendida verdad científica —frecuentemente tosca y errónea—, sino en la fuerza moral con que exhortaron al pueblo al ejercicio de la caridad y el socorro mutuo.
Aún más demoledor resulta su análisis del milagro en el Capítulo VI. Fundamentándose en su metafísica inmanentista, Spinoza declara la imposibilidad absoluta de cualquier acontecimiento milagroso entendido como una transgresión o suspensión transitoria de las leyes de la naturaleza operada por decreto divino:
«La naturaleza no se interrumpe en su curso […] si algo aconteciera en la naturaleza que fuera contrario a sus leyes universales, repugnaría necesariamente al entendimiento y a la naturaleza divina».
Las leyes eternas e inmutables de la Naturaleza son idénticas a los decretos infinitos de Dios; afirmar que Dios actúa en contra de las leyes físicas equivale a postular que Dios actúa contra su propia esencia eterna, lo cual constituye una contradicción ontológica insostenible. Por consiguiente, los relatos de sucesos milagrosos recogidos en las crónicas bíblicas deben explicarse a partir de dos factores puramente humanos: la ignorancia popular de las causas naturales eficientes que suscitaron un fenómeno insólito y el recurso a un lenguaje hiperbólico y poético diseñado por los hagiógrafos para inflamar la devoción religiosa de una audiencia ruda.
9.3 Impacto y condena pública del ‘Tratado teológico-político’ (1670)
La publicación anónima del Tratado teológico-político en 1670 desató una de las tormentas ideológicas más virulentas de la historia intelectual europea. A pesar del empleo de seudónimos editoriales y de la redacción en latín para restringir su lectura al público erudito, la autoría de Spinoza pronto se convirtió en un secreto a voces en los círculos letrados de los Países Bajos. La reacción condenatoria de los poderes religiosos establecidos fue unánime y fulminante.
Los sínodos provinciales de la Iglesia Reformada Neerlandesa calificaron de inmediato el tratado como un compendio pestilente de doctrinas abominables forjadas por el infierno mismo, cuyo propósito deliberado era erradicar toda religión organizada y propagar el ateísmo más perverso. La jerarquía católica coincidió con la condena calvinista, incluyendo formalmente la obra en el Index Librorum Prohibitorum de la Inquisición romana en 1679. Incluso entre pensadores adscritos a corrientes de vanguardia, como el jurista y filósofo Samuel von Pufendorf y el matemático Leibniz, el libro provocó consternación por la intrepidez de su desacralización bíblica.
El asesinato en agosto de 1672 de los hermanos Johan y Cornelis de Witt —líderes del republicanismo liberal holandés, linchados por una turba enardecida de monárquicos orangistas y fanáticos calvinistas en La Haya— transformó drásticamente el equilibrio de fuerzas políticas en las Provincias Unidas. Profundamente conmovido y furioso por este crimen, Spinoza estuvo a punto de acudir de noche al lugar del martirio para clavar un cartel con la leyenda Ultimi barbarorum («Los últimos bárbaros»), acción suicida que solo fue evitada cuando su arrendador atrancó la puerta de la vivienda. Con la restauración en el poder del estatúder Guillermo III de Orange, los sectores teológicos más conservadores obtuvieron carta blanca: el 19 de julio de 1674, los Estados de Holanda y Frisia Occidental prohibieron formalmente la venta, impresión y distribución del Tratado teológico-político, consagrando a Spinoza como el heresiarca más peligroso de Europa.
10. Filosofía política: Del pacto social a la defensa de la democracia
10.1 El estado de naturaleza y la equivalencia entre derecho y potencia
La filosofía política de Spinoza, desarrollada en la segunda mitad del Tratado teológico-político y reelaborada con mayor densidad conceptual en su inconcluso Tratado político (Tractatus Politicus, TP, 1677), se fundamenta sobre una premisa ontológica unificada: el derecho natural es coextensivo con la potencia natural (ius sive potentia). En el Capítulo XVI del TTP, el autor formula este principio con una crudeza analítica insoslayable:
«Los peces están determinados por la naturaleza a nadar, y los grandes a comerse a los chicos; por tanto, los peces gozan del agua y los grandes se comen a los chicos con el máximo derecho natural […] El derecho de cada uno se extiende hasta donde llega su poder determinado».
En el estado de naturaleza puramente hipotético, desprovisto de leyes positivas e instituciones jurídicas comunes, no existe la noción de pecado, justicia o injusticia. Cada individuo posee el derecho inmanente de hacer todo cuanto esté dentro de los límites de su potencia para preservar su conatus, ya sea mediante la fuerza muscular, el engaño o la astucia racional. En este postulado se aprecia la convergencia metodológica con Thomas Hobbes; sin embargo, Spinoza introduce una diferencia crítica: mientras que Hobbes concebía el pacto social como una transferencia y renuncia definitiva de los derechos naturales del individuo en favor de un soberano absolutista (el Leviatán), Spinoza sostiene de forma invariable que el derecho natural jamás se extingue dentro del estado civil. El individuo no abdica de su potencia natural; simplemente la mancomuna con la de los demás para hacerla más segura y operativa.
La salida del estado de naturaleza no se produce por una inclinación bondadosa de la voluntad, sino por un frío cálculo racional de supervivencia dictado por la experiencia de la precariedad. En el estado de aislamiento salvaje, la vida humana discurre sumida en el terror constante, la soledad y la escasez material: los hombres descubren rápidamente que su potencia individual aislada es irrisoria frente a las agresiones ajenas y que «los hombres no pueden vivir sin ayuda mutua» (Ética IV, Prop. 35, Escolio). La fundación de la sociedad civil y el consenso social surgen, por tanto, como el esfuerzo racional más eficiente para maximizar la potencia vital compartida y repeler conjuntamente los peligros que amenazan la existencia individual.
10.2 La justificación de la democracia en el ‘Tratado político’ inconcluso
Si bien en el Tratado teológico-político Spinoza utilizaba aún el vocabulario contractualista del pacto social para explicar la génesis del cuerpo político, en el Tratado político su pensamiento experimenta una evolución cardinal hacia una perspectiva puramente inmanente, centrada en la noción ontológica de la multitud (multitudo). El Estado no surge de una abstracción jurídica instantánea mediante la cual los individuos enajenan su soberanía, sino del despliegue físico y dinámico de la potencia colectiva de la multitud entrelazada.
Al emprender un estudio comparativo y realista de las tres formas clásicas de gobierno —la monarquía, la aristocracia y la democracia—, Spinoza descarta la utopía moralista de proyectar sociedades ideales habitadas por ciudadanos virtuosos y apela al conocimiento de las pasiones reales de los hombres. El filósofo postula que el régimen político más estable, perfecto y racional es aquel cuyas instituciones están articuladas de tal suerte que los gobernantes, guiados ya sea por la razón o por las pasiones egoístas más mezquinas, administren la cosa pública con integridad:
- La Monarquía: Es inherentemente frágil y opresiva, pues concentrar el poder de la multitud en un solo individuo es una ficción insostenible que degenera rápidamente en tiranía o deja al Estado a merced de consejeros cortesanos codiciosos.
- La Aristocracia: Resulta más robusta y preferible a la monarquía, siempre y cuando el número de patricios integrantes del consejo soberano sea lo bastante amplio para evitar las facciones oligárquicas cerradas.
- La Democracia (Imperium democraticum): Es consagrada por Spinoza como «el régimen más natural y el más conforme a la libertad». En la democracia, la soberanía coincide plenamente con la totalidad de la potencia social de la multitud organizada. Nadie enajena su derecho natural de forma tan absoluta que pierda el derecho a ser consultado en los asuntos públicos; la deliberación colectiva atenúa las extravagancias de las pasiones individuales y conduce a decisiones públicas orientadas al bien común.
Lamentablemente, la redacción del Tratado político quedó brutalmente interrumpida por la muerte de Spinoza precisamente en el capítulo XI, cuando apenas comenzaba a desglosar los mecanismos institucionales y las condiciones jurídicas específicas mediante las cuales debía organizarse la república democrática perfecta. No obstante, el legado de sus páginas consolidó una de las visiones políticas más radicales del siglo XVII, al fundar la legitimidad gubernamental en la soberanía inmanente de la ciudadanía.
10.3 La libertad de pensamiento y expresión (*Libertas Philosophandi*) como fin del Estado
La cumbre de la filosofía política spinoziana radica en su encendida defensa de la libertad de pensamiento y expresión (libertas philosophandi), a la cual consagró el célebre capítulo XX del Tratado teológico-político. En un pasaje que resume el propósito axial de toda su obra política, Spinoza escribe:
«El fin último del Estado no es dominar a los hombres ni sujetarlos por el miedo y someterlos a la voluntad ajena, sino, por el contrario, librar a cada uno del miedo para que viva con la mayor seguridad posible; es decir, para que conserve de la mejor manera su derecho natural a existir y a actuar sin daño para sí ni para los demás. El verdadero fin del Estado es, pues, la libertad».
Spinoza demuestra la imposibilidad práctica y biológica de cualquier intento estatal por coaccionar los juicios internos de los ciudadanos. Nadie puede transferir a otro su potencia inmanente de juzgar y pensar con autonomía; por ende, un gobierno que penalice las opiniones teóricas o pretenda imponer una confesión obligatoria sobre las conciencias individuales socava las bases de su propia estabilidad, engendrando un clima de hipocresía social, adulación cortesana y resentimiento clandestino que terminará por desintegrar el orden cívico.
El filósofo delimita con precisión quirúrgica las atribuciones de la autoridad soberana frente a la discrepancia doctrinal: el Estado solo tiene legitimidad jurídica para juzgar y penalizar los actos sediciosos externos que vulneren la paz comunitaria o violen las leyes promulgadas, pero debe abstenerse de inmiscuirse en la esfera de los discursos y de los juicios intelectuales. La tolerancia civil y la libertad de expresión no constituyen concesiones benevolentes o indulgencias peligrosas de los magistrados, sino la condición sine qua non para el progreso científico, el florecimiento del comercio y la pacificación duradera de la república.
11. Redes intelectuales, correspondencia y debates coetáneos
11.1 La correspondencia con la Royal Society de Londres y Henry Oldenburg
Pese a su aislamiento físico en las Provincias Unidas, Spinoza mantuvo una intensa actividad epistolar con las figuras señeras de la República de las Letras europea. Uno de sus vínculos epistolares más significativos y prolongados fue el que entabló con Henry Oldenburg, diplomático y primer secretario de la recién fundada Royal Society de Londres. Tras haberse conocido personalmente en Rijnsburg en 1661, ambos pensadores mantuvieron un intercambio epistolar que abarcó más de tres lustros, versando inicialmente sobre la metodología experimental y los límites del mecanicismo corpuscular.
A través de la mediación de Oldenburg, Spinoza intervino en una célebre controversia con el aristócrata y científico inglés Robert Boyle acerca de los ensayos de este último sobre la reconstitución del nitro y los experimentos sobre la presión atmosférica mediante la bomba de vacío (recogidos en las Cartas 6 y 13 del epistolario spinoziano). Si bien Spinoza elogió la minuciosidad empírica de Boyle, criticó con perspicacia su pretensión de querer probar mediante artefactos mecánicos verdades físicas que, a su juicio, pertenecían al dominio de la deducción geométrica y matemática pura. Para Spinoza, la experimentación sensorial era valiosa para contrastar hipótesis fenoménicas, pero insuficiente para aprehender la estructura racional profunda de la naturaleza.
Con el paso de los años y la aparición pública del Tratado teológico-político, el tono del diálogo experimentó una progresiva fractura ideológica. Alarmado por las implicaciones antirreligiosas del monismo spinoziano y por su rechazo a los milagros bíblicos, Oldenburg adoptó una postura de creciente cautela y censura teológica, instando repetidamente a su corresponsal a moderar sus juicios para evitar el escándalo general. No obstante la distancia que terminó por separarlos, este intercambio epistolar ilustra la centralidad de Spinoza en los debates de vanguardia que moldearon el nacimiento de la ciencia experimental moderna.
11.2 El encuentro y diálogo crítico con Gottfried Wilhelm Leibniz
Uno de los episodios más fascinantes de la historia de la filosofía moderna aconteció a mediados de noviembre de 1676, cuando un joven Gottfried Wilhelm Leibniz recaló en La Haya con el propósito de reunirse personalmente con Spinoza. Tras haber mantenido un contacto epistolar esporádico previo sobre cuestiones de óptica geométrica, Leibniz —quien retornaba a Alemania tras una prolongada y fructífera estancia intelectual en París— pasó varias jornadas recluido en la buhardilla del filósofo sefardí, conversando a fondo sobre cuestiones metafísicas cardinales.
Durante aquellas sesiones privadas, Spinoza le permitió a su visitante acceder a partes manuscritas inéditas de la Ética. Leibniz leyó atentamente, tomó notas minuciosas e interrogó a su anfitrión sobre las consecuencias ontológicas de la sustancia única, la necesidad determinista absoluta del universo y la negación del libre albedrío moral. Fascinado por el rigor lógico del sistema pero aterrado por sus deducciones heréticas, el pensador alemán comprendió que el spinozismo representaba el desafío más colosal y peligroso al que debía responder la filosofía moderna.
Tras la prematura muerte de Spinoza pocos meses después, Leibniz inició una compleja maniobra intelectual consistente en distanciarse públicamente de la figura del pensador hereje, calificándolo de pensador temerario e imperfecto, al tiempo que metabolizaba y reelaboraba en secreto muchas de sus intuiciones conceptuales más fecundas. Conceptos capitales de la posterior metafísica leibniziana —singularmente el principio de razón suficiente llevado a sus últimas consecuencias y la noción de la mónada como centro de fuerza y apetito inmanente— denotan una profunda e inocultable deuda dialéctica con la ontología del conatus y de la sustancia que tuvo el privilegio de discutir cara a cara en aquella buhardilla de La Haya.
11.3 Las polémicas epistolares con Albert Burgh y Blyenbergh
El epistolario de Spinoza preserva dos polémicas teológicas de extraordinario vigor que ilustran de cuerpo entero la firmeza inquebrantable de su racionalismo frente a las provocaciones del dogmatismo fideísta. La primera de ellas, sostenida entre 1664 y 1665 con el comerciante calvinista aficionado a la teología Willem van Blyenbergh, abordó el espinoso problema del mal, el pecado y la causalidad divina. Blyenbergh argüía que si Dios es la causa inmanente de todo lo que acontece, Dios debía ser considerado el autor directo de los crímenes humanos más abyectos, como el asesinato o el adulterio de Adán.
Spinoza respondió con una paciencia didáctica magistral, explicando que el mal y el pecado no poseen realidad ontológica sustantiva alguna: son conceptos comparativos e imaginativos nacidos de la mente humana finita que juzga defectuosas las cosas cuando no se ajustan a un ideal preconcebido. El pecado de Adán, por ejemplo, solo fue malo en relación con la privación de potencia que conllevó para su organismo, pero dentro del orden cósmico universal de la Naturaleza infinita constituyó un eslabón necesario desprovisto de maldad absoluta. Al constatar que Blyenbergh carecía de rigor metodológico y pretendía someter la filosofía a la autoridad literal de las Escrituras, Spinoza cortó con elegancia la correspondencia.
Aún más revelador resulta el choque epistolar acontecido en 1675 con Albert Burgh, hijo de una influyente familia patricia de Ámsterdam y antiguo pupilo del círculo de Spinoza, quien acababa de convertirse al catolicismo en Roma. En una carta insultante e incendiaria (Carta 67), Burgh advertía a su antiguo maestro sobre la inminencia de su condenación infernal si no abjuraba de sus quimeras filosóficas y se sometía de rodillas a la infalibilidad dogmática del Papa. La respuesta de Spinoza (Carta 76) constituye uno de los monumentos más lúcidos del pensamiento libre:
«¿Pretendes tú, miserable hombrecillo, haber alcanzado la única y verdadera religión por haberte convertido a una Iglesia que ha derramado ríos de sangre y quemado vivos a innumerables hombres libres? […] La razón es la luz mediante la cual discierno la verdad del error; si tu religión me exige que renuncie a la razón, me exige que renuncie a mi propia condición humana».
12. Muerte, ‘Opera Posthuma’ y la huella histórica del spinozismo
12.1 Fallecimiento en La Haya y la salvaguarda de sus manuscritos (1677)
A comienzos de 1677, el precario estado de salud de Spinoza empeoró drásticamente como consecuencia del avance irreversible de la tuberculosis agravada por décadas de inhalación de polvo de sílice. Consciente de la inminencia de su fin biológico, el filósofo mantuvo una serenidad impecable, coherente con su máxima de que «el hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida» (Ética IV, Prop. 67).
En la mañana del domingo 21 de febrero de 1677, Spinoza descendió a la planta baja de la casa de los Van der Spyck para conversar tranquilamente con sus caseros, quienes se preparaban para asistir al culto dominical. Ante el recrudecimiento de sus ahogos respiratorios, se solicitó la presencia urgente de su amigo y médico de confianza, el doctor Lodewijk Meyer, procedente de Ámsterdam. Meyer atendió al enfermo, preparó un caldo reconstituyente y se quedó a solas con él. Hacia media tarde, cuando los arrendadores regresaron del servicio religioso, hallaron que Spinoza había expirado en brazos de Meyer a la edad de cuarenta y cuatro años.
Inmediatamente tras el deceso, Meyer y los amigos cercanos procedieron a ejecutar las instrucciones legadas por el pensador. Spinoza había guardado bajo llave en su escritorio de viaje la totalidad de sus manuscritos inéditos —singularmente el texto definitivo de la Ética, el Tratado político inconcluso, el Tratado de la reforma del entendimiento y su epistolario—. El escritorio fue embalado con absoluto sigilo y trasladado de inmediato por barco a Ámsterdam, sustrayéndolo de las pesquisas judiciales y evitando que cayera en manos de parientes hostiles o de magistrados eclesiásticos celosos. Tras un modesto cortejo fúnebre integrado por amigos devotos y vecinos ilustres, sus restos fueron sepultados en la iglesia Nieuwe Kerk de La Haya el 25 de febrero de 1677.
12.2 La edición clandestina de las ‘Opera Posthuma’ (1677-1678)
El círculo íntimo de Spinoza en Ámsterdam —liderado por Jan Rieuwertsz, Lodewijk Meyer, Jarig Jelles y Pieter Balling— actuó con una celeridad y un compromiso intelectual extraordinarios. Conscientes de la tormenta persecutoria que se cerniría sobre la obra, desplegaron una compleja estrategia editorial clandestina para imprimir los textos a lo largo de los meses siguientes a la muerte del autor.
A finales de 1677 vieron la luz las B. d. S. Opera Posthuma («Obras póstumas de B. d. S.»). El volumen omitió deliberadamente el nombre completo del autor, identificándolo únicamente mediante sus iniciales enigmáticas, y suprimió todo pie de imprenta real sobre el impresor y la ciudad de origen. La compilación contenía la monumental Ethica, el Tractatus Politicus, el Tractatus de Intellectus Emendatione, un compendio gramatical hebreo y una selección rigurosa de su correspondencia epistolar. Simultáneamente, el impresor Jan Rieuwertsz publicó una traducción paralela al neerlandés titulada De Nagelate Schriften, traducida por Jan Hendrik Glazemaker para hacer accesibles las doctrinas del maestro al público no versado en latín.
La reacción institucional no se hizo esperar. El 25 de junio de 1678, el Tribunal de Holanda promulgó un bando fulminante decretando la prohibición formal, la incautación y la quema pública de las Opera Posthuma, tildándolas de obras profanas, ateas y blasfemas que superaban en peligrosidad a todos los escritos heréticos previamente conocidos. Pese a esta proscripción gubernamental y al hostigamiento policial, copias clandestinas circularon con celeridad por toda la geografía continental, pasando de mano en mano bajo falsas encuadernaciones para alimentar la corriente subterránea del radicalismo ilustrado.
12.3 La disputa del panteísmo (‘Pantheismusstreit’) y el renacimiento spinoziano
Durante prácticamente un siglo tras su fallecimiento, el nombre de Spinoza operó en Europa como un tabú filosófico; el mote de «spinozista» se utilizaba como un insulto letal para descalificar a cualquier intelectual sospechoso de irreligión o materialismo. Esta conspiración del silencio fue pulverizada en Alemania en 1785 a raíz del estallido de la denominada controversia del panteísmo (Pantheismusstreit), desencadenada por la publicación de las Cartas sobre la doctrina de Spinoza de Friedrich Heinrich Jacobi.
Jacobi reveló públicamente que el prócer de la Ilustración alemana, Gotthold Ephraim Lessing, le había confesado en su lecho de muerte su adhesión total al principio spinoziano del Hen kai Pan («Uno y Todo»): «No hay otra filosofía que la de Spinoza». La polémica subsiguiente entre Jacobi (quien sostenía que todo racionalismo consecuente desemboca inexorablemente en el ateísmo determinista de Spinoza y exigía un «salto de fe» fideísta) y Moses Mendelssohn (quien defendía una Ilustración moderada) situó de golpe la metafísica de Spinoza en el epicentro de la filosofía europea.
El resultado histórico de esta disputa fue el renacimiento entusiasta del spinozismo en el seno del Romanticismo y del Idealismo alemán. Figuras de la talla de Johann Wolfgang von Goethe —quien encontró en la Ética un remedio definitivo a sus angustias existenciales juveniles y una inspiración perenne para su morfología natural— y de Johann Gottfried Herder proclamaron su fascinación por el sistema inmanentista. El poeta Novalis acuñó la memorable caracterización de Spinoza como «el filósofo embriagado de Dios» (Gott-trunkener Mensch), reivindicando la sacralidad omnipresente de su cosmos frente a la acusación vulgar de ateísmo materialista.
Asimismo, los sistemas monumentales de F. W. J. Schelling y G. W. F. Hegel se concibieron a sí mismos como intentos dialécticos de insuflar dinamismo histórico y autoconciencia subjetiva al bloque sustancial inmóvil de Spinoza, sintetizado en el célebre adagio hegeliano: «O bien la filosofía es spinozismo, o bien no hay filosofía en absoluto». En el siglo XX y en los albores del XXI, la potencia del pensamiento spinoziano experimentó una nueva y luminosa floración a través del materialismo vitalista de pensadores franceses como Gilles Deleuze, Louis Althusser y Pierre Macherey, el análisis neurológico de las emociones encabezado por el neurocientífico Antonio Damasio —quien reivindicó en En busca de Spinoza la anticipación spinoziana del monismo mente-cerebro—, y los fundamentos ontológicos de la ecología profunda promovida por Arne Naess, quien descubrió en Deus sive Natura el paradigma definitivo para superar el antropocentrismo destructor de nuestra era.
Conclusión
La peripecia vital y el legado especulativo de Baruch Spinoza continúan destellando en el firmamento intelectual de Occidente como un monumento incomparable a la intrepidez del pensamiento libre. Al rechazar los conformismos dogmáticos de su comunidad de origen y eludir las tentaciones de la vanidad académica y cortesana, eligió una existencia sobria y despojada, consagrada exclusivamente a develar la estructura necesaria de lo real. Su vida encarnó de manera transparente la proposición capital de su ética: la beatitud no es una meta exterior que se conquista como salario trascendente, sino el ejercicio intrínseco y presente de una mente que ha comprendido su pertenencia ineludible a la naturaleza infinita.
Su filosofía demolió para siempre la ilusión antropomórfica de que el universo ha sido fabricado a la medida de los temores y conveniencias de la especie humana. Al proclamar la indivisibilidad de la sustancia en la fórmula Deus sive Natura, Spinoza integró al ser humano dentro de la trama causal universal, enseñándole a contemplar los fenómenos del mundo sin lamento plañidero ni indignación moral, sino mediante el esfuerzo sereno del entendimiento. Su audaz teoría de los afectos, precursora de la neurobiología y la psicología contemporáneas, demostró que la verdadera libertad no consiste en una ilusoria soberanía de la voluntad sobre el cuerpo, sino en la mutación activa de las pasiones en acciones inteligentes mediadas por ideas claras y distintas.
Asimismo, su pionera hermenéutica bíblica y su teorización republicana de la democracia consagraron a la libertad de pensamiento y de expresión como el fundamento innegociable de una convivencia cívica digna y próspera. En un tiempo como el contemporáneo, asediado por nuevas formas de fanatismo, superstición tecnológica y polarización pasional, el mensaje de Spinoza resuena con una vigencia urgente: solo a través de la razón serena, la cooperación solidaria de la multitud y la disolución de los miedos irracionales podrá la humanidad superar su servidumbre y avanzar con paso firme hacia la conquista de su propia emancipación ética.
Referencias
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- Spinoza, B. (2008). Tratado teológico-político (A. Domínguez, Ed. y Trad.). Alianza Editorial.
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