Dugald Stewart – 1753 1828

Dugald Stewart

  • 22 de noviembre de 1753, Edimburgo – 1828
  • Escocesa
  • Escuela del Sentido Común / Ilustración escocesa
Revisado científicamente · Dr. Marwa Abd-Alazim · octubre 29, 2026
Revisado médica y científicamente Verificado el: octubre 29, 2026
Dr. Marwa Abd-Alazim PhD in Psychology
Faculty Member • University of Kerbala
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Contribuciones clave

  • Desarrollo y consolidación de la filosofía mental como precursora de la psicología moderna
  • Sistematización pedagógica de la Escuela Escocesa del Sentido Común
  • Aplicación del método inductivo baconiano al estudio de los fenómenos de la conciencia
  • Investigaciones sobre la atención, la memoria, el hábito y la imaginación

Biografía

La figura de Dugald Stewart (1753-1828) representa el momento de consolidación, refinamiento pedagógico y proyección internacional de la Ilustración escocesa. Como titular de la influyente cátedra de Filosofía Moral en la Universidad de Edimburgo entre 1785 y 1810, Stewart no solo heredó el colosal legado intelectual de predecesores como David Hume, Adam Smith y su maestro directo Thomas Reid, sino que transformó una tradición de investigación filosófica en un sistema pedagógico coherente, accesible y dotado de una profunda orientación cívica. Su obra funcionó como una bisagra decisiva entre las audaces rupturas epistemológicas del siglo XVIII y la estructuración decimonónica de las ciencias humanas, inaugurando lo que en el ámbito anglosajón y transatlántico se conocería formalmente como la «filosofía mental», disciplina precursora de la psicología académica moderna.

Dotado de una elocuencia legendaria, un rigor metodológico arraigado en la tradición geométrica y una profunda moderación política de corte reformista (afín a los ideales whig), Stewart logró articular una defensa inquebrantable de la razón humana frente a los embates combinados del escepticismo pirrónico y del materialismo mecanicista. Su enfoque, anclado en la aplicación estricta del método inductivo de Francis Bacon al estudio de los fenómenos de la conciencia, postulaba que el entendimiento humano posee principios constitutivos innatos e irreductibles —el fundamento del célebre «sentido común»— que aseguran la validez de nuestras creencias perceptivas, lógicas y morales más elementales. Lejos de ser un mero divulgador o compilador pasivo, Stewart confirió a la Escuela Escocesa una arquitectura sistemática, purgándola de excesos dogmáticos y dotándola de una sofisticación psicológica sin precedentes, especialmente perceptible en sus detalladas investigaciones sobre la memoria, la atención, la formación del hábito y el poder creador de la imaginación.

A lo largo del convulso período marcado por la Revolución Francesa, las Guerras Napoleónicas y la subsiguiente reacción conservadora en Gran Bretaña, las aulas de Stewart en Edimburgo se erigieron en un baluarte insustituible del librepensamiento regulado, el humanismo cívico y el avance de las ciencias morales y económicas. Por sus seminarios desfilaron mentes de la talla de Walter Scott, Henry Brougham, James Mill y futuros estadistas británicos de primer orden, a través de los cuales las doctrinas escocesas permearon de forma duradera la jurisprudencia, el parlamentarismo liberal y el diseño de la educación superior en el mundo angloparlante, la Europa continental y las nacientes repúblicas hispanoamericanas. El presente estudio examina de manera exhaustiva la trayectoria vital, el armazón epistemológico, la teoría ética, la proyección política y el perenne legado historiográfico de este titán del pensamiento moderno, cuya obra encarna la culminación sistemática de la edad dorada escocesa.

1. Introducción y contexto biográfico de Dugald Stewart (1753-1828)

1.1 Primeros años y formación en Edimburgo y Glasgow

Dugald Stewart nació el 22 de noviembre de 1753 en los recintos de la propia Universidad de Edimburgo, un entorno institucional y físico que prefiguraría de modo indeleble toda su existencia. Su padre, Matthew Stewart, era un reputado matemático, geómetra consumado y ministro de la Iglesia de Escocia que ostentaba la cátedra de Matemáticas de la mencionada casa de estudios tras haber sido discípulo directo del insigne Colin Maclaurin. Crecer en el epicentro geográfico y social de la intelectualidad escocesa permitió al joven Dugald estar inmerso desde su más tierna infancia en una atmósfera donde los debates matemáticos, teológicos y literarios formaban parte de la cotidianidad doméstica. Su complexión física, aparentemente frágil en sus primeros años, contrastaba vivamente con una precocidad intelectual y una agudeza analítica que llamaron tempranamente la atención de los colegas de su progenitor.

Inició su formación humanística formal en la prestigiosa Royal High School de Edimburgo, donde adquirió un dominio extraordinario de las lenguas clásicas —latín y griego—, así como un aprecio indeleble por la retórica ciceroniana y la poesía antigua. En esta institución, Stewart perfeccionó su destreza en el análisis sintáctico y el razonamiento lógico elemental, cualidades que más tarde imprimirían a sus escritos filosóficos una cadencia oratoria y una pureza estilística singular. Concluida su etapa preliminar, ingresó a la Universidad de Edimburgo en 1765, con apenas doce años de edad, matriculándose en los cursos de humanidades, lógica, filosofía natural y, de manera muy destacada, en las lecciones impartidas por su propio padre, quien le instruyó en los rigores de la geometría euclidiana y en la formulación de demostraciones matemáticas de sobria elegancia.

En el otoño de 1771, consciente de que requería una perspectiva formativa complementaria a la tradición metropolitana de la capital, Stewart se trasladó a la Universidad de Glasgow. Este cambio representó un punto de inflexión crucial en su desarrollo ontológico e intelectual, situándolo en contacto directo con la vanguardia filosófica del oeste de Escocia. En Glasgow, fue recibido en el círculo del célebre filósofo Thomas Reid, fundador de la Escuela del Sentido Común, quien pocos años antes había asumido la cátedra de Filosofía Moral que dejara vacante Adam Smith. Stewart quedó profundamente conmocionado por el enfoque reidiano, que buscaba refutar las aporías escépticas surgidas de la epistemología de John Locke y David Hume mediante una indagación rigurosa de las operaciones mentales humanas. Este período constituyó la transición definitiva de Stewart desde la investigación matemática pura hacia la filosofía especulativa y la ciencia de la mente, fusionando la aspiración a la exactitud axiomática propia de la geometría con el análisis descriptivo y fenoménico de la conciencia humana.

1.2 Influencias iniciales: Matthew Stewart y Thomas Reid

La convergencia de las enseñanzas de Matthew Stewart y Thomas Reid cimentó los pilares fundamentales del método intelectual de Dugald Stewart. De su padre asimiló una profunda desconfianza hacia las conjeturas metafísicas desprovistas de respaldo probatorio, así como un apego incondicional al rigor metodológico. La geometría, tal como la concebía la escuela escocesa de matemáticos del siglo XVIII, no se reducía a un mero cálculo algebraico abstracto de símbolos ciegos, sino que constituía un ejercicio luminoso de aprehensión intuitiva de relaciones espaciales y deducciones estrictamente encadenadas. Este ideal de claridad expositiva y de avance paso a paso sin admitir premisas indemostradas se convertiría en el canon compositivo que Dugald Stewart aplicaría a posteriori a la elucidación de las operaciones del entendimiento humano.

Por su parte, el encuentro con Thomas Reid en Glasgow suministró a Stewart el armazón teórico y conceptual que encauzaría su vocación filosófica madura. Reid había publicado en 1764 su célebre An Inquiry into the Human Mind on the Principles of Common Sense, obra en la que desafiaba frontalmente el «sistema de las ideas» que, desde Descartes hasta Hume, concebía la mente humana como una cámara oscura poblada exclusivamente por representaciones internas o imágenes delegadas del mundo exterior. Stewart asimiló con entusiasmo la afirmación reidiana de que el conocimiento del mundo externo no es el resultado de un silogismo derivado de sensaciones subjetivas, sino un acto originario, directo e irresistible del juicio natural anclado en la constitución misma de la naturaleza humana.

Bajo la égida de Reid, Stewart adoptó sin reservas el enfoque inductivo baconiano para el estudio de los fenómenos psicológicos. Francis Bacon se convirtió en el faro metodológico supremo: la mente debía ser estudiada con la misma fidelidad descriptiva, la misma cautela experimental y la misma renuncia a construir sistemas apriorísticos que Isaac Newton había desplegado en el ámbito de la filosofía natural. Este giro implicaba una superación consciente de las limitaciones del asociacionismo clásico, en particular de las formulaciones mecánicas y deterministas promovidas por autores como David Hartley. Mientras que el asociacionismo reducía la rica vida espiritual a una combinatoria ciega de impresiones pasivas sometidas a leyes de atracción casi químicas, la perspectiva reidiana asumida y reelaborada por Stewart restauraba la agencia voluntaria, la unidad indivisible de la mente consciente y la irreductibilidad de sus facultades activas e intelectuales.

1.3 Entrada formal en la vida académica universitaria

El ingreso formal de Dugald Stewart en el claustro docente de la Universidad de Edimburgo aconteció con una precocidad y una brillantez que suscitaron admiración inmediata entre sus contemporáneos. Hacia 1772, la precaria salud de su padre, Matthew Stewart, comenzó a deteriorarse rápidamente debido a dolencias crónicas, lo que le impedía impartir regularmente las lecciones magistrales de la cátedra de Matemáticas. Con apenas diecinueve años, y habiendo regresado recientemente de su enriquecedora estancia en Glasgow, Stewart fue convocado para sustituir de urgencia a su progenitor. Lejos de amilanarse ante un auditorio conformado a menudo por estudiantes de mayor edad que él, Stewart desplegó una solvencia pedagógica, un dominio técnico absoluto de la materia y un estilo elocuente que disiparon instantáneamente cualquier duda acerca de su idoneidad académica.

La consagración oficial de este éxito temprano llegó en 1775, cuando fue nombrado formalmente profesor adjunto y sucesor conjunto de la cátedra de Matemáticas, cargo que retendría con dedicación plena hasta 1785. Durante esta década matemática, Stewart no se limitó a repetir los manuales tradicionales de geometría y análisis, sino que introdujo mejoras sustanciales en la metodología pedagógica, enfatizando el valor formativo de la disciplina matemática para la clarificación del juicio y el fortalecimiento de la atención reflexiva. Su versatilidad intelectual quedó patentizada de modo insuperable en 1778, cuando el catedrático de Filosofía Moral, Adam Ferguson, fue designado secretario de la comisión negociadora británica enviada a Filadelfia en el contexto de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. Ante la repentina ausencia de Ferguson, las autoridades académicas solicitaron a Stewart que asumiera, de manera interina y simultánea a su cátedra de Matemáticas, la docencia del curso de Filosofía Moral.

La empresa representaba un desafío titánico: mantener al día las exhaustivas lecciones de geometría y física matemática por las mañanas y preparar por las tardes disertaciones complejas sobre jurisprudencia, ética, psicología empírica y teoría política. Stewart aceptó el reto y el resultado fue un triunfo sin paliativos. Sus clases de filosofía moral cosecharon un entusiasmo multitudinario, consolidando de manera irreversible su reputación temprana como un docente dotado de una versatilidad enciclopédica, una capacidad de síntesis inigualable y una oratoria magnética. Esta experiencia formativa cimentó las bases institucionales y sociales que le permitirían, siete años después, acceder de forma natural y definitiva a la cátedra de Filosofía Moral, inaugurando una de las épocas más brillantes de la historia universitaria escocesa.

2. El marco intelectual de la Ilustración escocesa tardía

2.1 La transición generacional tras Hume, Smith y Reid

Hacia las dos últimas décadas del siglo XVIII, el panorama cultural e intelectual de Escocia se enfrentaba a una ineludible transición generacional. La época dorada inaugural, personificada en figuras tutelares de renombre universal como David Hume (fallecido en 1776), Adam Smith (quien moriría en 1790) y el propio Thomas Reid (cuyas grandes obras maduras vieron la luz en la década de 1780), comenzaba a cerrarse en términos biológicos. El desafío fundamental que recayó sobre los hombros de Dugald Stewart y sus coetáneos consistió en evitar que la efervescencia teórica de la Ilustración escocesa decayera en una repetición estéril o se disgregara ante las crecientes presiones ideológicas de la modernidad. Su misión no era tanto la demolición iconoclasta del orden anterior como la sistematización conceptual, la institucionalización educativa y la preservación crítica de las descomunales aportaciones legadas por sus predecesores.

En este escenario, una de las tareas más apremiantes residía en articular una respuesta equilibrada y rigurosa frente al escepticismo radical de David Hume. Stewart compartía la admiración que toda su generación profesaba por la agudeza metodológica y el genio literario del filósofo de Ninewells; sin embargo, consideraba que las conclusiones escépticas a las que este había arribado —particularmente la disolución de la noción sustancial del yo en un mero haz de percepciones flotantes y la reducción de la causalidad a una proyección habitual de la mente— amenazaban los cimientos mismos de la ciencia experimental, la jurisprudencia civil y la moralidad compartida. La tarea de Stewart consistió en responder a Hume no mediante anatemas teológicos o descalificaciones apasionadas, sino utilizando las herramientas del propio análisis empírico para demostrar que el escepticismo absoluto se refuta a sí mismo en el ejercicio práctico de la vida humana y en la estructura indeleble del lenguaje.

Asimismo, esta transición exigía dar forma a una teoría coherente del progreso humano, articulando las nociones de desarrollo histórico, moralidad cívica y prosperidad económica que Smith y Ferguson habían formulado de forma dispersa. Frente a los vertiginosos cambios derivados del arranque de la Revolución Industrial y la conmoción provocada por las revoluciones atlánticas, la Ilustración escocesa tardía, bajo el magisterio de Stewart, adoptó un tono reflexivo y templado. Se trataba de armonizar el dinamismo transformador del comercio y de la manufactura con la salvaguarda de las virtudes republicanas clásicas y la preservación de las instituciones jurídicas fundamentales que garantizaban la paz y la estabilidad civil.

2.2 La Universidad de Edimburgo como epicentro filosófico europeo

Durante el último tercio del siglo XVIII, la Universidad de Edimburgo se erigió como uno de los epicentros académicos más dinámicos, cosmopolitas y prestigiosos de toda Europa. A diferencia de las universidades inglesas de Oxford y Cambridge, que languidecían a menudo en un anacrónico aislamiento corporativo, atadas a dogmas confesionales anglicanos y a currículos dominados por una escolástica decadente, las universidades escocesas —y Edimburgo de manera primordial— se encontraban plenamente abiertas a la secularización, la investigación científica aplicada y la interdisciplinariedad. La afluencia de estudiantes foráneos alcanzó cotas sin precedentes: jóvenes procedentes de Inglaterra, Irlanda, la Europa continental y las colonias norteamericanas viajaban a la capital escocesa para completar su formación superior en un ambiente intelectual de extraordinaria libertad y excelencia académica.

Parte sustancial de esta vitalidad radicaba en la prolífica red de instituciones científicas y sociedades de debate que orbitaban alrededor de la universidad. La fundación en 1783 de la Royal Society of Edinburgh institucionalizó el mecenazgo científico y el intercambio regular de memorias de investigación en los ámbitos de las letras y las ciencias exactas. En el terreno estudiantil y civil, asociaciones como la Speculative Society se convirtieron en auténticos laboratorios de retórica, dialéctica y pensamiento político, donde los discípulos de Stewart ensayaban sus habilidades antes de saltar a la abogacía o a los escaños del Parlamento de Westminster. La permeabilidad entre la medicina de prestigio internacional (liderada por los Monro, Cullen y Black), la jurisprudencia y la filosofía moral confirió al modelo formativo escocés un carácter holístico y eminentemente práctico.

Edimburgo mereció sobradamente durante este período el sobrenombre de la «Atenas del Norte». No se trataba de una designación puramente retórica o arquitectónica, sino del reconocimiento explícito de una concentración excepcional de talento intelectual, capacidad editorial e innovación doctrinaria condensada en una urbe compacta. En este ecosistema privilegiado, Stewart desempeñó el papel de maestro supremo y maestro de ceremonias del diálogo intelectual, vinculando la producción erudita de su círculo con las demandas de profesionalización, servicio público y liderazgo ilustrado que reclamaba una sociedad británica en plena expansión global.

2.3 La Escuela Escocesa del Sentido Común en su fase madura

La Escuela Escocesa del Sentido Común experimentó en las lecciones y tratados de Dugald Stewart su formulación más pulida, moderada y perdurable. En su génesis original bajo Thomas Reid, el movimiento se había caracterizado por un ímpetu polémico frontal contra la epistemología heredada de John Locke y el inmaterialismo teológico de George Berkeley. Si bien compartía el diagnóstico reidiano acerca de los extravíos a los que conducía la teoría representacional de las percepciones, Stewart procedió a consolidar el edificio metodológico, limando aristas que pudieran ser interpretadas como concesiones al dogmatismo vulgar o a una apelación acrítica a las opiniones de la muchedumbre inculta.

Stewart clarificó con insistencia que el «sentido común» no equivalía a la opinión mayoritaria o al prejuicio popular no examinado, sino que designaba el conjunto de principios constitutivos primarios o axiomas indemostrables que hacen posible cualquier ejercicio de la racionalidad humana. La existencia del sujeto cognoscente, la continuidad en el tiempo de la identidad personal, la realidad objetiva e independiente de un mundo externo material y la estabilidad del principio de causalidad en la naturaleza son certezas que ningún argumento filosófico puede crear, y que ningún artificio dialéctico puede socavar legítimamente. Para Stewart, estos presupuestos intuitivos no constituyen obstáculos dogmáticos para el avance científico, sino las condiciones de posibilidad trascendentales —en un sentido empírico y naturalizado— de todo saber genuino.

Esta fase madura se distinguió, asimismo, por la integración meticulosa de una introspección psicológica sumamente refinada. En lugar de limitarse a postular principios a priori, Stewart recurrió al análisis de la propia conciencia reflexiva con el propósito de deslindar lo originario de lo adquirido por el hábito o la asociación de ideas. Esta moderación epistemológica permitió que el sentido común trascendiera el debate escolástico sobre el escepticismo para proyectarse con fuerza como una epistemología funcional capaz de proporcionar un suelo firme tanto para las ciencias naturales y médicas como para la axiología moral y el ordenamiento jurídico civil.

3. La cátedra de Filosofía Moral en Edimburgo (1785-1810)

3.1 Estilo pedagógico y la elocuencia de Stewart

El traslado de Dugald Stewart de la cátedra de Matemáticas a la de Filosofía Moral en 1785, sucediendo a Adam Ferguson, inauguró un cuarto de siglo de hegemonía pedagógica indiscutida en la Universidad de Edimburgo. Stewart poseía dones oratorios de un nivel infrecuente en el ámbito universitario europeo. Sus contemporáneos, en cartas, diarios y memorias póstumas, dejaron testimonios unánimes acerca de la fascinación magnética que ejercía sobre sus oyentes. Poseía una presencia distinguida, una voz de resonancias profundas y una dicción de calculada sobriedad que, combinadas con una elegancia retórica clásica, dotaban a sus conferencias de una atmósfera casi solemne, capaz de transportar a los estudiantes más allá de la aridez habitual de los tratados teóricos.

Su estilo pedagógico rehuía la improvisación caótica tanto como la lectura mecánica de textos amarillentos. Cada lección estaba estructurada como una pieza de arquitectura discursiva en la que la claridad meridiana de la exposición servía de vehículo para desarrollos teóricos de gran sutileza. Stewart poseía la habilidad excepcional de suscitar vocaciones intelectuales, desvelando a mentes bisoñas el interés vital que encerraban cuestiones abstractas como el origen de las ideas, los fundamentos de la obligación moral o los límites de la jurisdicción civil. Su propósito deliberado no consistía en reclutar partidarios incondicionales para una secta filosófica concreta, sino en disciplinar el entendimiento de sus pupilos, dotándolos de hábitos de juicio reflexivo, cautela lógica y templanza emocional.

Para Stewart, la filosofía moral constituía el núcleo fundamental de la paideia cívica indispensable para las clases dirigentes y profesionales. Su enseñanza integraba de manera armónica citas de poetas latinos, referencias a oradores griegos y ejemplos extraídos de la historia contemporánea con análisis epistemológicos rigurosos. La ética no se presentaba como un catecismo formal de prohibiciones abstractas, sino como una ciencia de los deberes humanos enmarcada en una concepción amplia de la dignidad humana y del perfeccionamiento social, destinada a forjar el carácter moral e intelectual de quienes habrían de asumir el timón del imperio británico en una época de profundas turbulencias.

3.2 Perfil de sus alumnos ilustres y difusión internacional

La influencia social e intelectual de Stewart se canalizó en gran medida a través del asombroso número de alumnos eminentes que asistieron con regularidad a sus aulas durante las décadas de su magisterio. En el ámbito literario, un joven Walter Scott absorbió en sus lecciones la sensibilidad histórica y la apreciación de las continuidades institucionales que más tarde alimentarían la creación de la novela histórica moderna. En el terreno de la filosofía y la economía política, James Mill, padre de John Stuart Mill y figura clave del utilitarismo británico, recibió en Edimburgo el influjo analítico y la formación inductiva de la mente que habrían de moldear sus propias disquisiciones teóricas.

Igualmente decisiva fue la impronta de Stewart sobre el grupo de jóvenes intelectuales whigs que en 1802 fundaron la Edinburgh Review, la publicación periódica más influyente del siglo XIX británico en materia de crítica literaria, reforma política y pensamiento social. Entre ellos sobresalían Francis Jeffrey, Sydney Smith y, sobre todo, Henry Brougham, futuro Lord Canciller y adalid incansable de la abolición del comercio transatlántico de esclavos y de la educación popular. Asimismo, dos de los más destacados primeros ministros de la era victoriana, Lord Palmerston y Lord John Russell, pasaron por las aulas de Stewart e incluso residieron en su casa familiar como pensionistas privados, reconociendo públicamente a lo largo de sus dilatadas carreras parlamentarias que debían a su antiguo profesor su apego visceral a las reformas graduales, la tolerancia civil y la libertad comercial.

La proyección de este magisterio desbordó rápidamente las fronteras británicas. Una constante corriente de estudiantes procedentes de América del Norte acudió a Edimburgo y, a su regreso, trasladó la metodología y las obras de Stewart a las cátedras de centros neurálgicos como Princeton, Harvard, Yale y Filadelfia. A través de este mecanismo de transmisión transatlántica, el marco conceptual stewartiano se erigió en el estándar pedagógico y moral dominante en la educación superior de los Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XIX, tejiendo una vasta red internacional cohesionada por los ideales del progreso humanista, la moderación epistemológica y el republicanismo cívico de inspiración liberal.

3.3 Estructura del plan de estudios y metodología docente

La concepción que Dugald Stewart tenía de la Cátedra de Filosofía Moral distaba enormemente de los estrechos confines disciplinarios contemporáneos. Lejos de restringirse a la metaética o a la deontología pura, su plan de estudios configuraba una escuela integral de ciencias humanas y sociales articulada en tres grandes secciones correlativas: en primer lugar, el estudio de las facultades intelectuales de la mente humana; en segundo término, el análisis de los «principios activos» o facultades morales, pasionales y volitivas que rigen la conducta; y, finalmente, el examen minucioso de las obligaciones éticas, la jurisprudencia natural y la economía política.

Esta ordenación respondía a una convicción epistemológica profunda: resultaba metodológicamente imposible dictaminar qué debe hacer el ser humano o cómo deben estructurarse las leyes civiles sin poseer previamente un mapa científico riguroso de la capacidad cognitiva del sujeto (cómo percibe, razona y juzga la mente) y de las motivaciones naturales inscritas en su corazón. Stewart innovó radicalmente en la pedagogía universitaria al introducir ejercicios de escritura periódica y disertaciones críticas por parte de los alumnos, incentivando el debate supervisado en lugar de la pasiva memorización de resúmenes. Los alumnos eran estimulados a leer críticamente tanto a empiristas como a racionalistas y a formular objeciones fundadas a los argumentos expuestos en la tarima docente.

A partir del año académico 1799-1800, la creciente amplitud y complejidad de las cuestiones económicas le llevaron a segregar formalmente la jurisprudencia y la teoría de la riqueza del curso general, impartiendo lecciones especializadas que sentarían las bases para el advenimiento autónomo de la ciencia económica británica. Con esta estructura curricular abarcadora, la cátedra stewartiana funcionó como una auténtica matriz enciclopédica donde se integraban la psicología, la epistemología, la ética, el derecho comparado y la administración civil en un solo corpus metodológico armónico.

4. Fundamentos epistemológicos: Elementos de la filosofía de la mente humana

4.1 El método inductivo aplicado a los fenómenos mentales

La obra magna de Dugald Stewart en el terreno epistemológico fue su monumental tratado Elements of the Philosophy of the Human Mind, cuyo primer tomo vio la luz en 1792 (seguido del segundo en 1814 y el tercero en 1827). En esta obra capital, Stewart sistematizó lo que denominó la «física de la mente», una empresa científica consagrada a estudiar las operaciones espirituales con la misma pureza inductiva y desapasionamiento observacional que Francis Bacon había formulado en su Novum Organum para la investigación de la naturaleza inanimada. El postulado de partida era contundente: la introspección reflexiva sobre los hechos de la propia conciencia inmediata proporciona datos empíricos de valor probatorio tan sólido y legítimo como los que la vista o el tacto ofrecen al naturalista.

En este sentido, Stewart rechazó de forma categórica las conjeturas fisiológicas y anatómicas prematuras respecto al cerebro y el sistema nervioso, frecuentes en el materialismo francés de La Mettrie o en las especulaciones neurológicas de David Hartley sobre «vibraciones etéreas». Stewart consideraba que intentar inferir las leyes del pensamiento a partir de la disección de fibras nerviosas o del flujo de espíritus animales constituía una quimera epistemológica, un error categorial que confundía la causa instrumental orgánica con la realidad fenoménica del pensamiento. En lugar de especular sobre la sustancia o la esencia inalcanzable del alma —metafísica que juzgaba estéril—, el filósofo de la mente debía consagrarse al registro sistemático de sus operaciones patentes y a la inferencia inductiva de sus leyes generales.

Esta equiparación entre la investigación newtoniana y el análisis reflexivo de la conciencia implicaba un respeto estricto por las fronteras epistémicas. Así como Newton no pretendía saber qué era en sí misma la gravedad, sino cómo operaba matemáticamente su ley de atracción universal, el psicólogo inductivo debía cartografiar las regularidades que gobiernan la asociación, el recuerdo o la abstracción sin caer en conjeturas inmaterialistas o materialistas indemostrables. Como han subrayado los historiadores del asociacionismo británico, la renuncia a una ontología reduccionista permitió a la tradición escocesa preservar la integridad cualitativa de los procesos mentales frente a las simplificaciones mecánicas (Hoeldtke, 1967).

4.2 Las facultades intelectuales: percepción, memoria e imaginación

Al acometer la clasificación descriptiva de las facultades del entendimiento, Stewart desplegó una originalidad y una finura analítica que depuraron sustancialmente la taxonomía reidiana. Lejos de concebir las «facultades» como entidades sustanciales independientes, compartimentos estancos o módulos físicos yuxtapuestos en el cráneo, Stewart insistió en que son simplemente modos diversos de actividad funcional de una mente única e indivisible. En el ámbito de la percepción sensorial, Stewart ratificó el realismo directo de Reid frente a la doctrina de las ideas intermedias, examinando las paradojas relativas a las sensaciones y a su correlato espacial objetivo, terreno en el que analizó con meticulosidad problemas clásicos relativos a la extensión visual y la percepción de las cualidades sensoriales primarias y secundarias (Grandi, 2014).

Uno de los mayores logros teóricos de Stewart en los Elementos radica en su formulación de la teoría de la atención y su relación causal con la memoria. Para Stewart, la atención es un esfuerzo volitivo y activo que dirige la conciencia hacia un objeto o pensamiento determinado, actuando como el guardián o filtro indispensable para la fijación mnemónica. Si una impresión sensible atraviesa los órganos de la percepción sin que medie un acto de atención deliberado, no deja huella alguna en la facultad retentiva. A través de este mecanismo explicaba Stewart los fenómenos cotidianos de distracción, amnesia transitoria o la ceguera por desatención. La memoria no es un receptáculo mecánico pasivo donde las ideas se sedimentan por simple contigüidad física, sino una facultad dinámica cuya eficacia depende intrínsecamente de la intensidad del foco atencional y de la estructuración lógica de los materiales percibidos.

Por su parte, Stewart otorgó a la imaginación un rango cognitivo superior, arrancándola del confinamiento peyorativo en que la había situado una tradición racionalista que la consideraba mera fuente de desvaríos o fantasías frívolas. Para el pensador escocés, la imaginación es una facultad compleja que combina la capacidad de concepción con el juicio y la sensibilidad emotiva, operando como el verdadero motor dinámico de la creatividad humana. No es privativa de poetas y artistas: el científico inductivo que formula una hipótesis novedosa o el legislador que proyecta una reforma constitucional para paliar injusticias futuras dependen primordialmente de la capacidad de su imaginación para proyectar arreglos inéditos de hechos conocidos y anticipar sus consecuencias en un plano ideal.

4.3 Crítica al escepticismo humeano y refinamiento del sentido común

La crítica al escepticismo de Hume adquiere en los Elementos una textura argumentativa de notable refinamiento. Stewart comprendió tempranamente que limitarse a oponer el «sentimiento del pueblo» a los sofismas humeanos resultaba filosóficamente ineficaz. Su estrategia radicó en rebautizar los principios constitutivos reidianos bajo la noción de leyes fundamentales de la creencia humana o condiciones necesarias del entendimiento. Estos principios —como la creencia espontánea en la veracidad de la memoria, la expectativa inquebrantable de que el futuro se conformará uniformemente al curso de las leyes de la naturaleza y la certeza intuitiva de que el mundo sensible subsiste con independencia de nuestras percepciones fugitivas— no son inferencias silogísticas, sino presupuestos previos a cualquier silogismo.

Stewart demostró con lúcida ironía que el propio Hume, en el acto mismo de redactar sus tratados escépticos, empleaba el lenguaje con la suposición ineludible de que sus lectores existían realmente, de que las palabras retendrían su significado en el tiempo y de que sus plumas responderían a su voluntad causal. Hay, por consiguiente, un deslinde tajante entre la duda escéptica como juego dialéctico o ejercicio acrobático del gabinete académico y la certeza práctica e inconmovible que rige inevitablemente toda acción humana. Tratar de demostrar la existencia de la realidad exterior mediante la razón deductiva es un despropósito metódico, pues equivaldría a intentar iluminar el sol mediante una vela: la razón humana presupone la existencia del mundo real para operar; no puede engendrarla desde el vacío.

De este modo, Stewart concilia la duda metódica constructiva propia del espíritu científico con el reconocimiento humilde de axiomas que escapan a la demostración directa. La verdadera ciencia no es aquella que finge dudar de lo indudable, sino la que sabe distinguir con precisión meridiana dónde termina el ámbito de los principios elementales e indemostrables de la naturaleza humana y dónde comienza el territorio legítimo para el despliegue de la inducción empírica y la verificación factual.

5. Filosofía del lenguaje, abstracción y formación de conceptos

5.1 La naturaleza de la abstracción y el uso de signos

El tratamiento que Dugald Stewart dispensó a la filosofía del lenguaje y a la génesis de las ideas generales constituye uno de los capítulos más originales y fértiles de su epistemología mental. En el centro de su indagación figuraba el proceso psicológico de la abstracción. Frente a quienes sostenían que la abstracción era una suerte de cirugía mística del intelecto capaz de contemplar esencias metafísicas separadas de toda materia, Stewart propuso una explicación de orden estrictamente funcional. La mente observa una pluralidad de objetos particulares, compara sus semejanzas empíricas y, voluntariamente, dirige su atención a ciertos atributos comunes —como el color, la forma o la dureza— prescindiendo deliberadamente de los restantes caracteres accidentales.

En este proceso selectivo, el signo lingüístico —la palabra— desempeña un papel auxiliar imprescindible. Stewart advirtió que la capacidad de operar con nociones abstractas está orgánicamente imbricada con el uso de sistemas simbólicos convencionales. Sin la fijación proporcionada por un nombre o signo verbal, las síntesis atencionales operadas por la mente se desvanecerían instantáneamente, impidiendo la acumulación del conocimiento científico y la formulación de proposiciones universales. Los signos operan como una especie de contabilidad mental abreviada que ahorra al entendimiento la necesidad de representarse de manera continua e interminable todas las instancias empíricas individuales agrupadas bajo un concepto.

No obstante, Stewart previno con sagacidad contra los errores cognitivos y las trampas lingüísticas derivados de la hipóstasis verbal: la funesta tendencia de la mente a suponer que a cada término abstracto en el vocabulario debe corresponder forzosamente una entidad real o sustancia física correlativa en el mundo. Al someter a revisión crítica las doctrinas semánticas de John Locke y el sensismo de Étienne Bonnot de Condillac, Stewart denunció cómo muchos de los más encarnizados litigios metafísicos de la historia no eran más que meras confusiones generadas por la ambigüedad inherente de los términos o por el abuso inadvertido de analogías verbales incompletas.

5.2 Controversia con el nominalismo y el conceptualismo

En el célebre debate clásico en torno al estatuto ontológico de los universales, Stewart articuló una posición ecléctica y sumamente sofisticada que mediaba de manera dialéctica entre el conceptualismo de John Locke y el nominalismo radical profesado por Thomas Hobbes, George Berkeley y el polémico lingüista contemporáneo John Horne Tooke. Stewart rehusó adherirse al nominalismo extremo que reducía toda verdad racional y científica a un mero convenio terminológico o a una «cháchara de palabras bien ordenadas». Para Stewart, las proposiciones generales formuladas por las ciencias no versan simplemente sobre fonemas o signos gráficos, sino sobre relaciones objetivas y universales descubiertas entre propiedades reales de las cosas.

Al mismo tiempo, Stewart rechazó las formulaciones conceptualistas ingenuas que sostenían que la mente humana posee la capacidad de forjar una «idea general abstracta» dotada de una representación pictórica interna; por ejemplo, la noción lockeana de un «triángulo general» que no debía ser ni equilátero, ni isósceles, ni escaleno, pero todo ello a la vez. Stewart, apoyándose en la perspicacia de George Berkeley, señaló que es psicológicamente imposible generar una imagen mental que reúna características geométricamente contradictorias. Lo que la mente concibe en verdad es un ejemplar particular concreto acompañado por un acto de reflexión atencional que aísla las relaciones geométricas esenciales, y que queda vinculado a un nombre dotado de aplicabilidad universal.

Esta clarificación revistió consecuencias de hondo calado para la filosofía de las matemáticas y la validez epistemológica del razonamiento deductivo. Stewart demostró que la fuerza de los teoremas matemáticos no descansa en la existencia de entidades arquetípicas platónicas flotando en un topos uranos, sino en la coherencia analítica y en la fijeza rigurosa de las definiciones mediante las cuales convenimos limitar nuestra atención a ciertas propiedades estructurales específicas de las figuras o de las magnitudes numéricas.

5.3 La función comunicativa y heurística del lenguaje

El lenguaje no es examinado por Stewart como un accesorio secundario de la razón o como una mera vestidura externa del pensamiento, sino como un instrumento dinámico y evolutivo de progreso social y cognitivo. En su aproximación al desarrollo de la filología y el simbolismo verbal, destacó cómo el léxico y la sintaxis maduran a la par de las instituciones y las ciencias, transformándose en una prótesis intelectual que amplifica prodigiosamente los alcances originarios del aparato perceptivo biológico humano. La palabra hablada y escrita es tanto el vehículo de transmisión intergeneracional de la civilización como la herramienta analítica mediante la cual el individuo descompone pensamientos complejos en segmentos manejables.

Una de las aportaciones más perspicaces de Stewart en este campo consistió en advertir sobre los riesgos ontológicos del empleo inadvertido de metáforas espaciales aplicadas a la descripción de la mente humana. Con una clarividencia anticipatoria de la crítica lingüística contemporánea, señaló que términos como «impresión», «huella», «asociación», «almacén de la memoria», «fluctuación» o «movimiento» del alma son préstamos metafóricos tomados del reino de la física mecánica y de la materia extensa. Al olvidar que estas expresiones son meras analogías heurísticas de utilidad expositiva, los filósofos terminan cayendo en teorías materialistas groseras, imaginando que la mente es una superficie encerada o un depósito hidráulico que reacciona pasivamente a impulsos cinéticos externos.

De ahí que Stewart reclamara insistentemente el perfeccionamiento de una nomenclatura rigurosa, sobria y despojada de sesgos poéticos para el cultivo de la psicología y la filosofía moral. El refinamiento y la exactitud en la definición de los términos no eran para él un simple ejercicio de virtuosismo semántico o pedantería erudita, sino el único medio practicable para disipar las brumas del error, depurar los equívocos conceptuales y afianzar la marcha progresiva y acumulativa de la ciencia del espíritu humano.

6. Teoría moral y los principios activos del ser humano

6.1 Distinción entre facultades intelectuales y facultades activas

En el sistema articulado por Stewart, la teoría ética encuentra su cimiento indispensable en la disección de los denominados «principios activos» de la naturaleza humana, materia a la que consagró su última gran obra sistemática, The Philosophy of the Active and Moral Powers of Man (1828). Stewart estableció una distinción taxativa entre las facultades intelectuales —orientadas exclusivamente a la adquisición, procesamiento y retención del conocimiento verídico sobre el estado de las cosas— y las facultades activas, que constituyen los resortes dinámicos, las fuerzas pulsionales y las inclinaciones teleológicas que impelen a la mente a la deliberación pragmática y a la ejecución de la acción en el mundo fenoménico.

Stewart estructuró estos resortes activos en una jerarquía orgánica y funcional de notable coherencia:

  • Apetitos primarios: Impulsos fisiológicos instintivos orientados a la autoconservación y la perpetuación de la especie (hambre, sed, deseo sexual), caracterizados por su periodicidad y su ceguera teleológica intrínseca.
  • Deseos naturales: Pasiones permanentes de carácter psicológico e intersubjetivo, entre las que sobresalen la necesidad de compañía, el amor propio básico, el ansia de conocimiento o curiosidad, y el anhelo de estima y poder social.
  • Afectos benevolentes y malévolos: Inclinaciones directas hacia el bienestar ajeno (como la conmiseración, la piedad, la ternura paterna y la amistad) o reacciones emocionales defensivas frente al agravio ajeno (como la cólera y el resentimiento, que Stewart analizaba como salvaguardas biológicas para repeler el daño ilegítimo).
  • Principios directores superiores: La razón calculadora de la prudencia personal y la conciencia o sentido del deber moral indiscutible.

La culminación del desarrollo ético personal residía, según Stewart, en el autogobierno moral. Esta condición no demandaba la supresión puritana o la extirpación estoica de los apetitos y pasiones naturales, concebidos por la providencia como resortes vivificantes indispensables de la existencia humana, sino su subordinación armoniosa a la autoridad soberana de la conciencia ilustrada mediante el ejercicio constante de la razón práctica.

6.2 El sentimiento moral, la benevolencia y el deber

Al abordar la fuente constitutiva de los juicios axiológicos, Stewart tomó partido resuelto en favor de la autonomía e irreductibilidad del sentido del deber. Se alineó con la tradición del sentimentalismo moral británico inaugurada por Anthony Ashley Cooper (Lord Shaftesbury), Francis Hutcheson y David Hume, admitiendo que el juicio moral involucra una respuesta afectiva espontánea de aprobación o desaprobación sentida. No obstante, Stewart introdujo una corrección racionalista fundamental de estirpe reidiana: el sentimiento moral no se reduce a un capricho empírico, a una reverberación estética subjetiva ni a un mero «gusto» emocional mudable en función de los climas o las modas.

Para Stewart, la percepción de la rectitud o malicia intrínseca de una acción es un juicio del entendimiento acompañado inseparablemente por una afección del corazón. Existe una verdad moral objetiva con tanta legitimidad ontológica como las verdades geométricas: actos como el auxilio desinteresado, la veracidad testimonial y el cumplimiento de las promesas dadas provocan una admiración moral incondicional y demandan cumplimiento en virtud de una obligación inderogable. Stewart consagró páginas memorables a demoler el reduccionismo egoísta que, desde Thomas Hobbes y Bernard Mandeville hasta los utilitaristas mecanicistas de su tiempo, pretendía derivar toda conducta humana de cálculos hedonistas o del amor propio solapado.

La benevolencia genuina y universal, argumentó, es una propensión connatural irreductible que late en el pecho de cualquier ser humano normalmente constituido. El egoísmo racional no basta para explicar el heroísmo o la autoinmolación en defensa de la justicia; reducir tales actos sublimes a refinamientos del interés propio mercantil constituía una claudicación moral inadmisible y una flagrante falsificación empírica de los testimonios más luminosos que registra la historia de la humanidad.

6.3 Relación entre moralidad, libre albedrío y racionalidad práctica

La piedra angular sobre la que descansa todo el edificio ético de Dugald Stewart es la afirmación decidida del libre albedrío o libertad moral del agente. Stewart consideraba que cualquier teoría determinista que pretendiera encadenar las decisiones de la voluntad a secuencias mecánicas de causas precedentes —ya proviniera del fatalismo materialista spinoziano o del determinismo calvinista rígido de la predestinación— despojaba a los conceptos de culpa, imputabilidad, elogio y mérito ético de todo contenido real, reduciendo la jurisprudencia humana y divina a una farsa trágica e inconsistente.

La convicción en la capacidad de autodeterminación conforme a motivos racionales es otra de aquellas «leyes fundamentales de la creencia» que operan de manera irresistible en el corazón de todo sujeto. Frente a los argumentos asociacionistas que sostenían que el acto volitivo está determinado de modo unívoco por el motivo más intenso que se hace presente en la mente en un momento dado, Stewart demostró que el ser humano posee el poder atencional y deliberativo de suspender la acción, examinar críticamente los motivos concurrentes, contrapesar las pasiones inmediatas frente a los principios racionales a largo plazo y determinar por sí mismo su propia conducta.

Esta noción de libertad moral no implicaba caer en la indeterminación caótica del capricho ciego, sino concebir al agente humano como un sujeto dotado de la dignidad inalienable de autogobernarse con arreglo a leyes de razón práctica. En este sentido, la libertad individual se erigía en el supuesto epistemológico y ético irrenunciable sobre el que debían fundarse de manera coherente las estructuras del derecho público, la aplicación ponderada de las sanciones penales y la legitimación moral del ordenamiento constitucional moderno.

7. Economía política y reformas institucionales

7.1 Primeras lecciones dedicadas formalmente a la economía política

Dugald Stewart ocupa un asiento de honor en la historia de las ciencias sociales por haber sido el primer catedrático en todo el mundo de habla inglesa en inaugurar, en el curso académico 1800-1801, una serie independiente de lecciones magistrales dedicadas formal y monográficamente a la Economía Política. Hasta ese momento, las reflexiones económicas solían tratarse de modo marginal o fragmentario dentro de los cursos generales de Derecho Natural y Filosofía Moral, como el propio Adam Ferguson y Adam Smith habían hecho en décadas precedentes. Stewart comprendió que la complejidad vertiginosa de las transformaciones provocadas por el comercio global, la urbanización acelerada, el sistema de deuda pública y las revoluciones agrarias e industriales exigía desgajar estos problemas y abordarlos mediante una ciencia autónoma dotada de principios, categorías analíticas y métodos empíricos propios.

El impacto pedagógico de este nuevo curso fue electrizante. Sus conferencias congregaron no solo a estudiantes regulares de humanidades y derecho, sino a parlamentarios en ciernes, terratenientes reformistas, juristas distinguidos y funcionarios coloniales procedentes de todos los confines de las Islas Británicas. El temario abarcaba con exhaustividad enciclopédica la demografía y las dinámicas poblacionales, la teoría del valor de cambio, la división social del trabajo, la naturaleza del dinero y el crédito fiduciario, la fiscalidad equitativa y los flujos del comercio internacional.

Al deslindar analíticamente la economía política de los preceptos morales tradicionales, Stewart no pretendía emancipar la actividad mercantil de toda fiscalización ética, sino proporcionar a la sociedad un conocimiento riguroso de las leyes causales objetivas que rigen la generación, circulación y distribución de la riqueza material. Gracias a esta docencia pionera, Edimburgo se transformó en la incubadora indiscutida de la primera generación de reformadores y estadistas británicos que abordarían los retos del parlamentarismo moderno pertrechados con el instrumental conceptual de la economía científica.

7.2 Interpretación y divulgación de la obra de Adam Smith

La postura teórica que sustentó las lecciones económicas de Stewart fue una defensa lúcida, apasionada y sistemática del paradigma formulado por Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776). Stewart se erigió en el más brillante divulgador e intérprete del liberalismo económico en la Gran Bretaña de fines del siglo XVIII y principios del XIX, combatiendo sin descanso las inercias retardatarias del mercantilismo obsoleto, los monopolios gremiales asfixiantes, las tarifas aduaneras proteccionistas y la injerencia reguladora asfixiante de los gobiernos en la libertad contractual de los individuos.

No obstante, la interpretación stewartiana de Smith poseía una singularidad capital: Stewart se esforzó con perseverancia en vincular la defensa smithiana del libre mercado competitivo con la matriz ética formulada previamente por el mismo autor en La teoría de los sentimientos morales (1759). Frente a los críticos conservadores o filomaternalistas que tildaban la doctrina del libre comercio de apología mecanicista, rapaz e inmoral del egoísmo desenfrenado, Stewart demostró que el modelo smithiano descansa sobre la premisa insoslayable de la justicia general, el respeto recíproco a la dignidad individual y el reconocimiento de la simpatía interhumana. El mercado no es una arena de depredación impune, sino un marco civilizado de cooperación voluntaria donde cada individuo prospera sirviendo a las necesidades materiales de sus conciudadanos.

A través de su pluma elegante y su magisterio oral, Stewart despojó a la obra de Smith del estigma de heterodoxia que ciertos sectores reaccionarios pretendieron endilgarle en el contexto de la histeria provocada por la Revolución Francesa. Con ello, desempeñó un papel pedagógico de primer orden en la consagración definitiva del credo del libre comercio como dogma vertebrador de la política económica del Imperio Británico a lo largo del siglo XIX.

7.3 Posición moderada frente a las reformas sociales y políticas

En el ámbito de la praxis política, el pensamiento de Stewart destilaba la quintaesencia del reformismo moderado de carácter whig. Stewart albergaba una convicción inquebrantable en la perfectibilidad progresiva y paulatina de la especie humana a través del avance de las luces de la ciencia, el crecimiento de la tolerancia religiosa y la expansión de la riqueza comercial. Sin embargo, este optimismo ilustrado se hallaba atemperado por una cautela metodológica absoluta que le llevaba a aborrecer el radicalismo dogmático, las utopías doctrinarias preconcebidas y los estallidos revolucionarios que pretendían arrasar de la noche a la mañana el tejido institucional histórico de las naciones.

Uno de los ejes axiales de su programa reformista consistía en la defensa sin concesiones de la educación pública universal. Influido por el modelo de las escuelas parroquiales escocesas (el sistema de la Kirk), Stewart consideraba que la instrucción elemental costeada por la comunidad y accesible a todas las clases sociales era el instrumento más eficaz, justo y humanizador para prevenir el embrutecimiento laboral derivado de la división extrema del trabajo manufacturero, reducir la criminalidad y elevar la productividad y la cohesión social. Consideraba el analfabetismo como una forma encubierta de tiranía y una merma inaceptable del potencial cívico de la patria.

Asimismo, Stewart dirigió una mirada crítica muy sagaz al funcionamiento de las tradicionales leyes de pobres inglesas (Poor Laws), argumentando que los subsidios parroquiales mal concebidos terminaban desincentivando la laboriosidad productiva y deprimiendo los salarios reales de los jornaleros agrícolas. Abogaba en su lugar por incentivar el ahorro individual mediante instituciones cooperativas e inversiones en infraestructuras públicas útiles. Toda su doctrina social se mantuvo fiel a esta búsqueda incesante del equilibrio entre el respeto filial por las instituciones heredadas del pasado que garantizaban la paz civil y el imperativo ético impostergable del progreso gradual hacia mayores cotas de libertad, equidad y dignidad para el conjunto de la sociedad.

8. Filosofía de la ciencia y metodología inductiva

8.1 Adopción del legado baconiano y newtoniano

La arquitectura del pensamiento de Dugald Stewart en el ámbito de la epistemología de la ciencia hunde sus raíces de manera programática en la asimilación del método inaugurado por Francis Bacon e inmortalizado por Isaac Newton. A juicio de Stewart, el progreso deslumbrante de las ciencias físicas a partir del Renacimiento se debía con exclusividad a la adopción decidida de la modestia inductiva: la renuncia voluntaria a inventar hipótesis apriorísticas sobre el orden cósmico y la dedicación paciente al registro empírico de los hechos observables mediante el experimento controlado y la descripción geométrica de sus regularidades.

El gran proyecto intelectual de Stewart residió en extrapolar con absoluta fidelidad este canon inductivo baconiano-newtoniano desde el reino de la materia exterior hacia el territorio de los fenómenos del comportamiento humano, la mente reflexiva y las instituciones colectivas. Stewart abominaba de las «novelas metafísicas» de autores racionalistas como Descartes, Spinoza o Leibniz, a quienes acusaba de haber construido laberintos deductivos deslumbrantes pero carentes de todo anclaje en la realidad fenoménica accesible a la conciencia humana. Las ciencias morales habían permanecido en un estado de perpetua infancia y discordia escolástica precisamente porque sus cultivadores se habían negado a aplicar las disciplinas de la inducción baconiana.

Al mismo tiempo, Stewart formuló una crítica demoledora contra las tentativas mecanicistas prematuras que pretendían explicar los complejos procesos psicológicos y las costumbres sociales mediante extrapolaciones pueriles de la hidráulica, la óptica o la mecánica gravitatoria. Reconocer la primacía del método newtoniano no equivalía a afirmar que el alma humana fuera una rueda dentada, sino a asumir la necesidad imperiosa de someter cualquier aserto relativo al entendimiento a la prueba rigurosa de los hechos comprobados por la experiencia introspectiva reflexiva.

8.2 Clasificación de las ciencias y límites del conocimiento humano

En su magna «Disertación preliminar» para el suplemento de la Encyclopaedia Britannica, Dugald Stewart desplegó una ambiciosa y monumental taxonomía del saber humano. Inspirándose en los ensayos clasificatorios precedentes formulados por Bacon y d’Alembert, pero introduciendo enmiendas críticas sustanciales, Stewart hizo descansar la articulación de las ramas científicas en un mapa riguroso de las facultades intelectuales humanas que concurren operativamente en su gestación y desarrollo continuo.

Un concepto vertebral de su epistemología de la ciencia es la noción de ignorancia ilustrada. Stewart insistió reiteradamente en que la mente humana posee limitaciones constitutivas infranqueables impuestas por su propia estructura finita. La pretensión de conocer las «causas eficientes últimas» o las esencias íntimas de las sustancias —ya sea la materia física, la fuerza gravitatoria o la esencia sustancial del alma— es un delirio metafísico condenado al fracaso permanente. La ciencia no descubre lo que las cosas son en su intimidad nouménica última, sino las leyes fenomenológicas y las regularidades invariables conforme a las cuales se suceden los acontecimientos en la experiencia sensible y mental.

Esta prudencia epistémica, lejos de desembocar en un agnosticismo paralizante o en un desánimo nihilista, constituía para Stewart la garantía suprema de la fecundidad del conocimiento práctico. Al delimitar con exactitud lo cognoscible mediante la inducción rigurosa de lo que permanecerá para siempre como un misterio insondable reservado a la Providencia Divina, la mente humana economiza sus energías cognoscitivas, eludiendo disputas ontológicas bizantinas y concentrándose en el descubrimiento sistemático de verdades de utilidad innegable para el mejoramiento moral, material y social de la humanidad.

8.3 La función de las hipótesis y la evidencia en la investigación científica

Uno de los puntos culminantes de la madurez epistemológica de Stewart, plasmado con especial brillo en el segundo volumen de los Elements of the Philosophy of the Human Mind (1814), reside en su reevaluación equilibrada del papel de las hipótesis en el progreso de la investigación inductiva. Frente a una lectura literal y estrecha del célebre adagio newtoniano hypotheses non fingo («yo no invento hipótesis»), que había llevado a ciertos baconianos puristas a anatematizar cualquier conjetura imaginativa preliminar, Stewart defendió el valor heurístico insustituible de la hipótesis provisional concebida como un andamio exploratorio indispensable para el diseño de experimentos orientados a interrogar a la naturaleza.

Stewart formuló una distinción lógica fundamental entre dos tipos de certidumbre analítica:

  • Evidencia matemática o demostrativa: Aquella que descansa en axiomas y definiciones convencionales construidas a priori por el intelecto humano, caracterizada por una necesidad lógica absoluta donde la proposición contradictoria implica una imposibilidad formal evidente.
  • Evidencia moral o inductiva: Aquella que versa sobre cuestiones de hecho empíricas existentes en la naturaleza y en los actos de la conducta humana, donde la proposición contradictoria nunca resulta lógicamente imposible, y cuya certeza se apoya en la acumulación convergente de probabilidades racionales concordantes.

Para Stewart, la práctica totalidad de los asuntos más vitales de la existencia humana —desde el diagnóstico clínico en medicina y la valoración testifical en los estrados judiciales hasta las decisiones parlamentarias de Estado y las máximas de la ética cotidiana— descansan sobre el fundamento de la evidencia moral inductiva. Pretender exigir demostraciones geométricas a cuestiones que atañen a la conducta humana, o descartar como incierto un veredicto avalado por una convergencia unánime de probabilidades fácticas, no es signo de superioridad filosófica, sino de una palmaria ineptitud metodológica y de un analfabetismo epistémico elemental.

9. Biógrafo e historiador de las ideas: ensayos conmemorativos

9.1 La biografía intelectual de Adam Smith

Tras el fallecimiento de Adam Smith en el verano de 1790, la Royal Society of Edinburgh encomendó a Dugald Stewart la redacción y lectura pública de la semblanza biográfica conmemorativa de su ilustre miembro. El resultado de este encargo magistral fue la publicación en 1793 de su célebre Account of the Life and Writings of Adam Smith. Este texto no se redujo a una crónica hagiográfica de anécdotas superficiales o efemérides privadas, sino que inauguró formalmente un modelo de «biografía intelectual» concebido con una severa metodología analítica e historiográfica.

En este ensayo seminal, Stewart acuñó y aplicó sistemáticamente una de sus categorías teóricas más fecundas: el concepto de historia conjetural o «historia teórica». Stewart advirtió con penetración que en el estudio del origen de muchas de las instituciones más universales y complejas de la sociedad —tales como el nacimiento del lenguaje, la génesis de las nociones morales primarias, la codificación del derecho o la invención de la propiedad privada y de la moneda— las fuentes historiográficas documentales y los testimonios escritos del pasado brillan por su ausencia irremediable. En tales casos, el filósofo historiador está facultado para reconstruir inductivamente, a partir de las leyes psicológicas constantes de la naturaleza humana y de la analogía con las tribus salvajes contemporáneas, el curso natural, probable y necesario que debió seguir la mente colectiva para transitar desde la barbarie primordial hasta la sofisticación civil moderna.

Asimismo, Stewart preservó en estas páginas testimonios invaluables de primera mano acerca del ambiente de Edimburgo y Glasgow, reconstruyendo con nitidez el itinerario intelectual que condujo a Smith desde sus tempranas investigaciones juveniles sobre la retórica y las bellas letras hasta la coronación de su sistema en la economía política y la jurisprudencia civil comparada, asegurando con ello la inmortalidad historiográfica de su maestro para las generaciones venideras.

9.2 Los relatos sobre William Robertson y Thomas Reid

La consumada pericia de Stewart como historiador de las ideas y reconstructor biográfico volvió a evidenciarse en los años inmediatos con la redacción de otras dos memorias indispensables dedicadas a conmemorar a los dos gigantes que moldearon la cultura escocesa de su tiempo: el reverendo William Robertson (publicada en 1796) y su admirado preceptor Thomas Reid (publicada en 1802). Robertson, rector de la Universidad de Edimburgo, historiador de fama universal por sus obras sobre el emperador Carlos V y la colonización española de América, y líder del ala «Moderada» de la Iglesia presbiteriana, representaba para Stewart el modelo paradigmático del letrado tolerante, prudente y devoto de la estabilidad constitucional británica.

En su estudio sobre Thomas Reid, Stewart acometió la tarea trascendental de resumir con una luminosidad inalcanzada por el propio filósofo septentrional las líneas maestras de la Escuela del Sentido Común. Expuso el valor del método analítico reidiano, situándolo en su contexto dialéctico exacto frente a los sofismas escépticos de Descartes, Malebranche, Locke, Berkeley y Hume. Stewart no escatimó reflexiones críticas constructivas hacia ciertos pasajes oscuros o términos equívocos empleados por Reid en su polémica contra el sistema de las ideas intermedias, depurando la doctrina y consolidando un relato canónico sobre la gestación y los triunfos de la nueva psicología inductiva escocesa.

Para Stewart, la biografía conmemorativa constituía un vehículo insuperable de docencia cívica. Mediante la glorificación ponderada de las trayectorias de Smith, Robertson y Reid, Stewart tejió una narrativa unificada que otorgó a la edad dorada de la Ilustración escocesa una memoria compartida, transformando las hazañas intelectuales aisladas de estos autores en un patrimonio colectivo indiscutible y en una referencia moral inexcusable para la juventud que se formaba en los claustros de la Atenas del Norte.

9.3 La historia del progreso del conocimiento desde el Renacimiento

La cúspide de la producción historiográfica de Dugald Stewart fue indiscutiblemente la monumental General View of the Progress of Metaphysical, Ethical, and Political Philosophy, since the Revival of Letters in Europe, redactada como la magno «Disertación preliminar» para los volúmenes del suplemento a la cuarta, quinta y sexta ediciones de la Encyclopaedia Britannica (aparecida en dos extensas partes en 1815 y 1821). En este texto de erudición abrumadora, Stewart llevó a cabo una evaluación panorámica del renacer científico, humanístico y ético de la Europa moderna desde los estertores del siglo XV hasta el umbral del siglo XIX.

El hilo conductor de su interpretación descansaba en la concepción del progreso gradual de la razón humana, que, sacudiéndose paulatinamente el yugo de la escolástica aristotélica decadente, la superstición clerical y el absolutismo político, marcha de modo sostenido hacia la clarificación conceptual y la emancipación pacífica. Stewart examinó con asombrosa agudeza las contribuciones sucesivas de Maquiavelo, Bodino, Bacon, Hobbes, Descartes, Grocio, Spinoza, Locke, Leibniz, Montesquieu y los enciclopedistas franceses, midiendo rigurosamente los aciertos y extravíos de cada uno de ellos según el rasero del método inductivo y la defensa de los derechos morales inalienables del hombre.

Esta colosal disertación fue celebrada a ambos lados del Atlántico como una obra maestra insuperable del género de la historia de la filosofía. Stewart demostró en ella que la historiografía filosófica no consiste en un cementerio caótico de opiniones muertas o doctrinas contradictorias arbitrarias, sino en la narración comprensiva de la gran odisea de la mente humana en su incesante batallar contra el oscurantismo dogmático, asentando de paso los cánones metodológicos modernos para la historia reflexiva de las ideas.

10. Compromiso cívico, política y la reacción conservadora

10.1 Simpatías whig y el impacto de la Revolución Francesa

Aunque Dugald Stewart siempre se preocupó escrupulosamente por no convertir su cátedra académica en una trinchera partidista ni en una plataforma de agitación sectaria, sus simpatías políticas estuvieron a lo largo de toda su vida vinculadas al sector más ilustrado y progresista del ideario whig. Stewart comulgaba con los principios consagrados por la Revolución Gloriosa de 1688: primacía del Parlamento, limitación de la prerrogativa monárquica, salvaguarda de la libertad civil y de prensa, tolerancia religiosa y sumisión de las leyes a la razón pública y al bienestar del cuerpo social.

En el verano de 1788 y nuevamente en 1789, Stewart visitó París, coincidiendo con los primeros compases de la Revolución Francesa. En compañía de su amigo y confidente Lord Daer, frecuentó los círculos reformistas moderados franceses que gravitaban en torno a Condorcet, La Rochefoucauld y los economistas fisiócratas, aplaudiendo con juvenil entusiasmo el fin del absolutismo borbónico y la promulgación de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Creía ver en aquellos albores el triunfo definitivo de las ideas de moderación y tolerancia que la filosofía ilustrada venía preconizando a lo largo de todo el siglo XVIII.

Sin embargo, el estallido sangriento del Terror jacobino en 1793, la ejecución de Luis XVI y el inicio de las guerras continentales provocaron un giro dramático y ominoso en la atmósfera política británica. El gobierno tory de William Pitt el Joven y las oligarquías terratenientes escocesas, aterrorizadas ante el contagio insurreccional y la difusión de las doctrinas radicales de Thomas Paine, instauraron un clima asfixiante de censura, espionaje y sospecha inquisitorial sobre cualquier intelectual que se atreviera a formular críticas al orden vigente. Las aulas de Stewart pasaron a ser objeto de una estricta vigilancia por parte de las autoridades conservadoras, temerosas de que sus conferencias sobre jurisprudencia, economía política y perfectibilidad humana constituyeran focos larvados de sedición jacobina. A pesar de estas crecientes presiones, Stewart mantuvo con firmeza insobornable sus convicciones humanistas y su docencia liberalizadora, capeando la tempestad autoritaria mediante una elegancia prudente que jamás claudicó en lo esencial de sus principios éticos.

10.2 Conflictos académicos y acusaciones de heterodoxia

El prestigio incuestionable de que gozaba Stewart en toda Escocia no logró aislarlo por completo de las hostilidades y celos que anidaban en ciertos círculos clericales ultraconservadores de la Iglesia Presbiteriana de Escocia, comúnmente denominados la facción del «Alto Calvinismo» o sector ortodoxo. Estos estamentos eclesiásticos miraban con profundo recelo la secularización creciente de la Universidad de Edimburgo y temían que la psicología inductiva del sentido común, al emancipar el estudio de las facultades morales de la dogmática bíblica literal del pecado original y la redención predestinada, socavara los cimientos de la fe tradicional.

En repetidas ocasiones, Stewart tuvo que hacer frente a acusaciones veladas de heterodoxia teológica y de patrocinar un «materialismo encubierto». Sus detractores argumentaban que afirmar que la mente humana posee principios morales innatos de benevolencia y autogobierno moral equivalía a incurrir en la antigua herejía pelagiana, rebajando la necesidad imperiosa de la gracia divina revelada y ensalzando peligrosamente la soberanía autónoma de la razón natural del hombre.

Stewart respondió a estos ataques soterrados con una diplomacia institucional implacable combinada con una altísima dignidad académica. En sus lecciones y escritos, defendió que la teología natural y la filosofía moral inductiva son las más sólidas aliadas de una religiosidad genuina, madura e ilustrada. Demostró con sobriedad que estudiar las leyes de la mente y la arquitectura moral del ser humano es el modo más puro de contemplar la infinita sabiduría y bondad del Autor de la Naturaleza, desactivando los argumentos fanáticos de sus contradictores sin ceder un solo ápice del terreno conquistado por la libertad de investigación académica.

10.3 La controversia de Leslie y la defensa de la autonomía intelectual

El momento de mayor tensión política y académica en la vida de Dugald Stewart se desató en 1805 con motivo de la llamada controversia de John Leslie. La vacante originada en la cátedra de Matemáticas tras el nombramiento de John Playfair para la cátedra de Filosofía Natural precipitó una enconada batalla corporativa. El claustro de profesores, encabezado con determinación por Stewart y Playfair, apoyó la candidatura de John Leslie, un brillante físico y geómetra escocés que gozaba de un vasto prestigio internacional por sus investigaciones de vanguardia sobre el calor radiante.

Sin embargo, la facción clerical de la Iglesia de Escocia, ansiosa por recuperar el control de las cátedras universitarias para los ministros de culto, interpuso un veto formal contra Leslie. La acusación formal formulada por los clérigos era escandalosa: en una nota a pie de página de su tratado sobre el calor, Leslie había elogiado la doctrina filosófica de David Hume relativa a la naturaleza de la causalidad necesaria, afirmando que no existía en el mundo material ninguna conexión física observable entre causa y efecto más allá de su constante conjunción sucesiva. El clero argumentó que dicha simpatía epistemológica tornaba a Leslie culpable de ateísmo manifiesto y de escepticismo subversivo, inhabilitándolo ipso facto para la docencia universitaria.

Ante semejante tentativa de censura dogmática y represalia clerical, Stewart reaccionó con un vigor y una indignación admirables. Abandonando momentáneamente su habitual sobriedad, publicó en 1805 un combativo y contundente folleto titulado A Short Statement of Some Important Facts, Relative to the Late Election of a Mathematical Professor in the University of Edinburgh. En él, Stewart desenmascaró la mala fe metodológica y la ignorancia filosófica de los acusadores, demostró que la crítica humeana a la causalidad mecanicista era perfectamente compatible con la teología natural y el sentido común, y defendió con ardiente elocuencia el principio innegociable del mérito científico y la soberanía de la universidad para elegir a sus docentes libre de interferencias eclesiásticas. La victoria final de Leslie y del partido liberal de Stewart marcó un hito histórico fundamental que blindó de modo definitivo la autonomía intelectual y la libertad de cátedra en la Universidad de Edimburgo frente a las pretensiones del fanatismo confesional.

11. Retiro en Kinneil House y últimas obras maestras

11.1 Publicación de los volúmenes finales de los Elementos

Hacia 1810, tras un cuarto de siglo de agotadora e ininterrumpida labor docente al frente de la cátedra de Filosofía Moral, y con una salud progresivamente erosionada por afecciones respiratorias, Dugald Stewart tomó la decisión de renunciar a la docencia activa. Se retiró a la tranquilidad señorial de Kinneil House, una imponente y recoleta mansión solariega situada en Bo’ness, a orillas del río Forth, cedida generosamente por el duque de Hamilton. Aunque retuvo formalmente el título conjunto de catedrático junto a su aventajado discípulo Thomas Brown hasta la prematura muerte de este último en 1820, Stewart se consagró en su apacible retiro campestre a la culminación sistemática de los grandes tratados filosóficos que había madurado durante décadas de lecciones orales.

En 1814 vio la luz el largamente aguardado segundo volumen de los Elements of the Philosophy of the Human Mind. Esta entrega estuvo centrada en una disección exhaustiva de las facultades de la razón, el juicio y la naturaleza de la evidencia. Stewart analizó aquí con formidable pericia lógica la génesis del razonamiento silogístico, la especificidad apodíctica de las demostraciones geométricas y los cánones del método inductivo experimental, desplegando un diálogo de primer nivel con los tratados de Francis Bacon, John Locke y los geómetras de la Ilustración francesa.

Trece años más tarde, en 1827 —apenas un año antes de su deceso y habiendo superado un devastador ataque de parálisis que mermó seriamente su motricidad pero respetó milagrosamente la lucidez de su entendimiento—, Stewart entregó a la imprenta el tercer y conclusivo volumen de los Elementos. En esta última entrega examinó de manera pormenorizada las complejidades de la facultad del lenguaje, los procesos de formación de los hábitos automáticos y los sesgos psicológicos impuestos por las pasiones, las costumbres adquiridas y el peso secular de la tradición. Con la coronación de este tercer volumen se completaba uno de los empeños cartográficos más ambiciosos y lúcidos jamás acometidos sobre la totalidad de la arquitectura cognitiva de la mente humana.

11.2 Filosofía de las facultades activas y morales del hombre (1828)

Apenas unos meses antes de su muerte, acaecida en Edimburgo el 11 de junio de 1828 a los setenta y cuatro años de edad, Dugald Stewart vio coronado su esfuerzo vital supremo con la publicación en dos extensos volúmenes de The Philosophy of the Active and Moral Powers of Man. Este tratado constituyó el testamento doctrinal indiscutible de toda su carrera y la culminación teórica del proyecto ético que había comenzado a bosquejar casi medio siglo atrás en las aulas universitarias.

En esta obra monumental, Stewart acometió una estructuración exhaustiva de los deberes humanos distribuidos en tres esferas concéntricas e interdependientes:

  • Deberes del hombre hacia Dios: Fundamentados en una teología natural sobria y despojada de dogmatismos sectarios, anclada en la contemplación agradecida del orden cósmico y de la providencia moral.
  • Deberes del hombre hacia sí mismo: Enfocados en la autodisciplina reflexiva, la adquisición de hábitos de templanza y laboriosidad, y el perfeccionamiento continuo e indeclinable de los propios talentos corporales e intelectuales.
  • Deberes del hombre hacia el prójimo: Que englobaban la benevolencia recíproca, la piedad filial, la veracidad inviolable y, de manera eminente, la virtud primordial de la justicia civil y conmutativa.

El mérito principal del tratado consistió en su formidable integración orgánica entre la axiología moral, los fundamentos del derecho natural y comparado, y las leyes estructurales de la jurisprudencia civil. Stewart demostró que las leyes positivas dictadas por los estados y las fórmulas abstractas de la justicia procesal no son decretos arbitrarios impuestos por el capricho del tirano de turno, sino la formulación técnica y articulada de aquellas prescripciones de equidad elemental inscritas indeleblemente por la naturaleza en la conciencia moral de todo ser racional. Con esta obra cumbre, Stewart legaba una síntesis imperecedera que armonizaba la psicología inductiva empírica, la moralidad cívica ilustrada y el constitucionalismo moderno.

11.3 Impacto y maduración de los Ensayos filosóficos (1810)

En el umbral mismo de su retiro a Kinneil House, Stewart publicó en 1810 una de sus obras de mayor deleite estilístico y madurez conceptual: los Philosophical Essays. Concebidos inicialmente como una serie de aclaraciones y respuestas a las críticas vertidas contra el primer tomo de los Elementos, los ensayos terminaron configurando una meditación autónoma de extraordinario calado donde el rigor filosófico se alió con la más exquisita sensibilidad literaria y estética.

La segunda mitad del volumen estuvo consagrada monográficamente a cuestiones estéticas: el análisis fenomenológico de las categorías de lo bello, lo sublime y la naturaleza psicológica de la facultad del gusto. Stewart sometió a un examen demoledor las teorías mecanicistas y asociacionistas extremas, representadas de manera preeminente por el ensayo de su contemporáneo Archibald Alison. Si bien Stewart reconocía que las asociaciones accidentales y las memorias personales modulan y enriquecen poderosamente el gozo estético individual, demostró con agudeza que el sentimiento de lo bello no se reduce a una reacción asociativa fortuita. Existe en la mente una propensión perceptiva innata y universal para conmoverse ante el orden armónico, la simetría de las proporciones, la serenidad paisajística y la magnificencia sobrecogedora de los abismos y tempestades de la naturaleza.

Al situar la experiencia estética desde la perspectiva del espectador sensible y dotado de juicio crítico, Stewart tendió un puente luminoso entre el formalismo ilustrado y las incipientes corrientes del Romanticismo británico que despuntaban por aquellos años. Los Philosophical Essays evidenciaron que el método inductivo y la filosofía del sentido común no eran sinónimos de una frialdad utilitarista calculadora, sino instrumentos perfectamente aptos para dar cuenta de las cumbres más inasibles y sublimes de la imaginación y la creatividad artística humana.

12. Legado, recepción crítica e impacto en el pensamiento occidental

12.1 Influencia en el espiritualismo francés: Cousin y Royer-Collard

La proyección continental del pensamiento de Dugald Stewart encontró en la Francia de la Restauración y de la Monarquía de Julio su más vigoroso e influyente bastión institucional. Tras el colapso del Imperio Napoleónico, los intelectuales liberales moderados franceses sintieron la apremiante necesidad de desmantelar la hegemonía doctrinaria que el materialismo radical del siglo XVIII y el sensismo mecanicista de Étienne Bonnot de Condillac habían ejercido sobre el pensamiento galo, doctrinas a las que responsabilizaban moralmente del desenlace sangriento del jacobinismo revolucionario. Fue en este clima de reconstrucción axiológica donde la obra de Stewart emergió como la tabla de salvación intelectual perfecta.

La introducción inicial corrió a cargo del prominente orador y filósofo Pierre-Paul Royer-Collard, quien, al asumir la cátedra de Historia de la Filosofía en la Sorbona en 1811, convirtió la doctrina escocesa del sentido común en el eje vertebral de su magisterio. No obstante, la consagración definitiva y colosal de este influjo correspondió a su gran discípulo Victor Cousin, líder supremo del eclecticismo francés. Cousin visitó Gran Bretaña, trabó relación con los discípulos de Stewart y proclamó públicamente que el método psicológico inductivo de la mente cultivado por el catedrático de Edimburgo constituía la obra maestra insuperable del empirismo ilustrado moderno, erigiéndolo en la piedra angular del espiritualismo académico oficial francés (Bianco, 2023; Nicolas et al., 2000).

A través de la influencia combinada de Cousin y de traducciones magistrales (como la realizada por Théodore Jouffroy), los tratados de Dugald Stewart y Thomas Reid pasaron a vertebrar el currículo oficial obligatorio de filosofía para todos los liceos y facultades de letras de Francia a lo largo de buena parte del siglo XIX. La psicología reflexiva de Stewart funcionó como una barrera de contención intelectual moderada que salvaguardaba la espiritualidad del alma y el libre albedrío frente al mecanicismo fisiológico, anticipando incluso debates de extraordinaria fecundidad clínica y teórica que desembocarían décadas más tarde en las investigaciones psicopatológicas francesas sobre la atención, los automatismos mentales y los estados disociativos de la conciencia (Heim & Bühler, 2006).

12.2 Recepción en la educación superior de Estados Unidos e Iberoamérica

Si la acogida en Europa continental fue entusiasta, en el continente americano la influencia de Dugald Stewart adquirió ribetes de auténtica hegemonía doctrinal. Durante las primeras seis décadas del siglo XIX, las obras de Stewart —particularmente sus Elements of the Philosophy of the Human Mind y su compendio docente Outlines of Moral Philosophy— se erigieron en los manuales de texto indiscutibles y casi canónicos en la abrumadora mayoría de los colegios mayores y universidades de los Estados Unidos, desde las consagradas facultades de la Ivy League (Harvard, Yale, Princeton y Columbia) hasta las nacientes academias de la frontera en expansión.

La denominada «Filosofía Moral y Mental» escocesa sintonizaba a la perfección con la idiosincrasia republicana, puritana y pragmática de la joven nación norteamericana. Ofrecía una epistemología respetuosa con la evidencia del sentido común, compatible con la devoción religiosa protestante pero ajena al fanatismo inquisitorial, y provista de una sólida fundamentación moral y jurídica indispensable para la formación ética de la abogacía, la judicatura y las élites parlamentarias estadounidenses. Teóricos constitucionales y hombres de estado de primera magnitud absorbieron los principios stewartianos como el cimiento filosófico insustituible para legitimar las instituciones representativas de la Unión.

De manera análoga, la irradiación de su pensamiento alcanzó las orillas de la América hispana en plena convulsión emancipadora. Tras la independencia de las nuevas repúblicas hispanoamericanas, las élites ilustradas criollas —urgidas de desmantelar los remanentes de la escolástica colonial virreinal sin caer en el ateísmo revolucionario jacobino que horrorizaba a sus sociedades católicas— recurrieron a los tratados de Stewart y a la escuela escocesa. Sus doctrinas circularon intensamente en las universidades y colegios mayores de Argentina, Chile, Colombia y México, influyendo poderosamente en la redacción de planes de instrucción pública, códigos civiles y defensas parlamentarias del constitucionalismo liberal durante las décadas formativas de las nacionalidades iberoamericanas, un proceso de trasvase y consolidación que refleja la expansión transnacional y la institucionalización progresiva de los saberes psicológicos en el mundo moderno (Carpintero & Mababu, 2020).

12.3 Evaluación historiográfica contemporánea del pensamiento de Stewart

La valoración historiográfica de la figura de Dugald Stewart ha experimentado una metamorfosis fascinante a lo largo de las últimas décadas. Hacia finales del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX, la consolidación del idealismo neohegeliano y el advenimiento del positivismo reduccionista relegaron injustamente su figura a un segundo plano. Una lectura simplificadora, auspiciada por historiadores que leían el pasado a la luz de las rupturas vanguardistas, etiquetó despectivamente a Stewart como un mero compilador ecléctico, un epígono elocuente de Thomas Reid desprovisto de genio original o un simple retórico de salón victoriano.

No obstante, la moderna historiografía de la filosofía y de la ciencia, inaugurada en la segunda mitad del siglo XX y plenamente afianzada en el siglo XXI, ha ejecutado un acto de justicia retrospectiva incontestable. Las investigaciones contemporáneas han recuperado a Stewart como una de las mentes metodológicamente más lúcidas, innovadoras y complejas de la modernidad tardía. Lejos de ser un eco pasivo de Reid, se ha demostrado fehacientemente cómo Stewart transformó un empirismo descriptivo atomizado en una disciplina rigurosa precursora directa de las modernas ciencias sociales, la psicología cognitiva y la lingüística reflexiva.

Hoy en día, su papel pionero en la emancipación e institucionalización de la economía política smithiana, sus anticipaciones geniales sobre la fenomenología de la atención volitiva, su clarificación analítica del nominalismo metodológico y su defensa incansable de la libertad académica y el reformismo pacífico son objeto de un renovado fervor investigativo. En un mundo contemporáneo nuevamente fragmentado por los extravíos del relativismo posmoderno, las polarizaciones ideológicas intransigentes y el reduccionismo neurofisiológico deshumanizado, el enfoque moderado, rigurosamente inductivo, humanista e interdisciplinar de Dugald Stewart recupera una asombrosa y vibrante actualidad, recordándonos que el avance moral de la sociedad es indisociable del cultivo reflexivo del sentido común y del imperio de la razón práctica.

Conclusión

La trayectoria intelectual y cívica de Dugald Stewart encarna, en su máxima expresión, la madurez institucional y la proyección planetaria de la Ilustración escocesa. Nacido y formado en el corazón pedagógico de Edimburgo, Stewart no se conformó con ser un custodio reverente de las monumentales aportaciones teóricas heredadas de figuras tutelares como David Hume, Adam Smith y Thomas Reid. Su mérito histórico primordial radicó en haber transformado un haz heterogéneo y a menudo polémico de audacias epistemológicas en una verdadera «ciencia de la mente humana», sólidamente edificada sobre el método inductivo baconiano y consagrada a iluminar los cimientos de la ética, la pedagogía y la convivencia civil.

A través de su magisterio elocuente en la Cátedra de Filosofía Moral de Edimburgo, Stewart forjó la mentalidad crítica, prudente y reformista de generaciones de intelectuales, magistrados y estadistas de alcance global. Sus Elements of the Philosophy of the Human Mind y su Philosophy of the Active and Moral Powers of Man articularon una cartografía magistral de la conciencia humana donde la atención, la memoria, la formación del hábito moral y el autogobierno racional quedaron salvaguardados de modo inexpugnable tanto frente al escepticismo radical disolvente como frente al materialismo mecanicista ciego. Asimismo, su visión precursora al instituir de manera autónoma la enseñanza de la economía política y su defensa tenaz de la libertad de cátedra durante la controversia de John Leslie atestiguan un compromiso insobornable con la modernidad ilustrada y la tolerancia pública.

El vasto impacto de su doctrina en el espiritualismo académico francés, en la vertebración de la educación universitaria estadounidense y en los debates constitucionales de las nacientes repúblicas iberoamericanas subraya el carácter verdaderamente universal de su legado. Al rescatar la dignidad inalienable de los principios originarios del sentido común y la primacía irrenunciable del sentido del deber, Dugald Stewart erigió un monumento imperecedero a la concordia entre la ciencia inductiva y la axiología ética, asegurando para su nombre un puesto de perenne honor en la historia de la filosofía de Occidente.

Referencias

  • Bianco, G. (2023). DEFENDING SPIRIT, SPIRITUALIZING MATTER: NINETEENTH‐CENTURY FRENCH ACADEMIC PHILOSOPHY AND THE MEDICAL SCIENCES. History and Theory. https://doi.org/10.1111/hith.12312
  • Carpintero, H., & Mababu, R. (2020). Toward the Globalization of Psychology. The Congresses Around the World (1974–1998). https://doi.org/10.1002/9781119680673.ch8
  • Grandi, G. B. (2014). The extension of color sensations: Reid, Stewart, and Fearn. Canadian Journal of Philosophy. https://doi.org/10.1080/00455091.2014.897475
  • Heim, G., & Bühler, K.-E. (2006). Psychological Trauma and Fixed Ideas in Pierre Janet’s Conception of Dissociative Disorders. American Journal of Psychotherapy. https://doi.org/10.1176/appi.psychotherapy.2006.60.2.111
  • Hoeldtke, R. D. (1967). THE HISTORY OF ASSOCIATIONISM AND BRITISH MEDICAL PSYCHOLOGY. Medical History. https://doi.org/10.1017/s002572730001173x
  • Nicolas, S., Marchal, A., & Isel, F. (2000). La psychologie au XIXème siècle. Revue d Histoire des Sciences Humaines. https://doi.org/10.3917/rhsh.002.0057

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